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EL ESTRENO DEL BARCELONA INTERNACIONAL TEATRe

El gran teatro de Bieito

El director impacta con su versión del auto sacramental de Calderón

JOSÉ CARLOS SORRIBES

Con Calderón de la Barca es complicado que haya esperanza. Lo dice Calixto Bieito y su versión de El gran teatro del mundo, el auto sacramental más famoso del autor español del XVII, lo pone de relieve de forma contundente. El estreno causó impacto anoche en la ciudad alemana de Friburgo, donde el director mirandés se siente como en casa y donde el proyecto Barcelona Internacional Teatre (BIT), del Grupo Focus, celebró un brillante bautismo.

Pesimismo, nihilismo, desazón, emociones desbordadas... Toda la carga filosófica, más que su adoctrinaniento religioso, de El gran teatro del mundo estalló en el profundo escenario del Freiburg Theater con una cantata sobre la existencia humana, sobre el rápido tránsito entre la cuna y la sepultura.

Siete actores y cuatro cantantes desgranan los 1.500 versos de un texto desprovisto de trama, de historia, acerca de la vieja metáfora de la vida, vista como un teatro donde el hombre encarna un papel que no ha elegido. Se lo ha asignado Dios, el Autor en la obra de Calderón, y el Creador en la versión alemana de un montaje bilingüe, con mayoría de intérpretes de la compañía del teatro germano. Encarnan de forma asombrosa a los mortales de la pieza: el rey, la hermosura, la discreción, el rico, el pobre y el labrador. Las partes cantadas, exclusivas de los personajes del ámbito divino, son en castellano. Ahí el trabajo vocal e interpretativo del contratenor catalán Xavier Sabata (Autor) y de la mezzosoprano serbia Leandra Overmann (Mundo) es igual de apabullante. O más.

INTÉRPRETES ENTREGADOS / El elenco despliega un enorme trabajo físico en una propuesta de sumo riesgo, en la que los intérpretes se dejan la piel y el mismo Calixto Bieito también dice haber vivido el proceso de forma muy emotiva. La instalación escenográfica de Rebecca Ringst alimenta el pesimismo existencial y trágico. Unos 200 tubos metálicos, como los de un órgano de catedral, apuntan hacia el cielo para subrayar las preguntas de los mortales que no tienen respuesta de un dios caprichoso y huidizo.

Entre esos tubos se mueven casi desnudos, algunos totalmente, los personajes en una amplia colección de imágenes conmovedoras. Por ejemplo, en el inicio, con la irrupción en escena de los mortales dentro de una enorme bolsa uterina tras un apareamiento de carnalidad absoluta entre el Autor y el Mundo, que se presenta como una mujer con el luto de la España profunda. O ya al final con la escena en que Overmann se desgarra, mordiendo un espejo, por la muerte de sus hijos, todos envueltos a su alrededor en bolsas de una morgue. «En el hecho teatral los límites son casi infinitos», dice Bieito en el manifiesto del BIT. Escenas de este calibre lo corroboran.

Al igual que ocurre con la música de Carles Santos. Junto a dos harmonios, órgano y percusión, el genial valenciano no duda en usar el sonido de un taladro eléctrico para acompañar la atmósfera de El gran teatro del mundo en su trepidante tránsito del siglo XVII al siglo XXI en manos de un director sin límites.

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