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CRÍTICA

'Buried' (Enterrado), tensión envasada al vacío

Nando Salvà

Durante hora y media, Buried nos mete dentro de un ataúd con el actor Ryan Reynolds. No hay prólogo, no hay flashbacks. El ejercicio de minimalismo fílmico resultante no es precisamente divertido. Tampoco es apto para los débiles de corazón, los claustrofóbicos o quienes van al cine en busca de escapismo o entretenimiento. Después de todo, el miedo a ser enterrado vivo debe de ser tan antiguo como el ritual del entierro mismo.

Es cierto que el exceso de satisfacción de la película con su propia intrepidez a punto está de hacer que el espectador ponga más interés en deconstruir el truco narrativo que en sentir la circunstancia dramática, de que la película se vuelva más una declaración autoral de intenciones que una historia en la que el público pueda creer.

Afortunadamente, el director Rodrigo Cortés sortea el peligro con destreza. Logra que nos sea imposible apartar la mirada del interior de la caja y hasta que nos sintamos dentro de ella, notando el miedo, la rabia y la frustración y, sobre todo, una sensación visceral de malestar. Durante un rato Buried funciona también como retrato grotesco de la insignificancia del individuo frente al mundo corporativo, especialmente en tiempos de guerra, pero su objetivo no es alimentar el intelecto de la audiencia, sino destrozar sus nervios. Y vaya si lo consigue.

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