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recuerdo de un concierto de verano / 2

Musa del rock de impacto

PJ Harvey // Benicàssim, 5 de agosto del 2001 // FIB, Escenario verde

JUAN MANUEL FREIRE
BARCELONA

Amenudo suele decirse que los conciertos en grandes espacios no son la mejor forma de conocer a un artista. Si uno ha pasado de pelear por un sitio en primera fila, corre el riesgo de tener que observarlo todo desde cierta distancia; adivinar, más que advertir, el aspecto del invitado; y sentir su energía de manera relativa. Es una teoría sensata que, sin embargo, no sirve para hablar del recital de PJ Harvey en el marco del Festival Internacional de Benicàssim (FIB) del 2001.

Casi diez años ya y todavía es fácil recordar sus efectos. Que fueron los mismos para quien pillara primera fila y quien tuviera que quedarse al fondo. Porque lo de Polly Jean, artista británica atraída por los extremos, fue de una intensidad capaz de superar todos los metros y escollos: pura sexualidad rock ante la que solo cabía la sumisión absoluta.

TODA UNA 'DOMINATRIX' SENTIMENTAL/ Su imagen sobre el Escenario Verde en aquella calurosa noche de agosto es de las que, de cuando en cuando, surge en las conversaciones de melómanos para definir el adjetivo «sexi». Hombres y mujeres recuerdan su estampa felina con admiración. Allí teníamos a esa self-made woman inquietante, de rostro e intenciones ambiguas, con minifalda de charol y sujetador negros, el vientre al aire, las botas casi hasta la rodilla con tacón de aguja fina. Con el poder de una dominatrix, pero sin dejar la emoción –claro que no– fuera de la ecuación.

Porque su actuación se sostuvo en imagen y actitud, pero también en canciones de alto voltaje sentimental. El disco que presentaba por entonces, Stories from the city, stories from the sea (2000), mostraba a una Harvey madura y refinada, de producción más detallista que cruda, pero el furor seguía latente bajo la cuidada superficie. Y ese furor tomó el escenario en cortes de estreno como One line, The whores hustle and the hustlers whore –qué imponentes zancadas de un lado al otro del escenario– o esa Good fortune en sintonía clara con Patti Smith.

IMPACTO SOLITARIO/ Una banda simplemente perfecta acompañó a Harvey en esta exhibición: los guitarristas Tim Farthing (Spleen) y Margaret Fiedler (Laika), el bajista y teclista Eric Drew Feldman (de los míticos Captain Beefheart) y su batería de siempre, Rob Ellis.

Pero quizás el momento más inolvidable de toda la noche fue aquel con Harvey como llanera solitaria: ese rescate de la fogosa canción con la que tituló su disco clásico del año 1993, Rid of me. «Lame mis piernas./ Estoy ardiendo./ Lame mis piernas de deseo», cantaba con autoridad de gendarme.

Sin comentarios, claro. Dos rombos. Hay niños. Y que alguien ponga el vídeo de esa toma de la canción a Juliette Lewis para que no ose volver a versionarla sobre un escenario.

Al acabar la actuación, uno miraba a su alrededor y todo eran caras de haber visto a la Virgen. Y en cierto modo, así era: tres años antes Harvey había hecho de la Virgen María en la película The book of life, de Hal Hartley. Pero virginal puede ser, quizá, el último adjetivo que uno se le ocurriría asociar a esta dama del rock cuyo camino ha estado dictado por las leyes del deseo y el daño.

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