En esta ocasión no ha hecho falta cuidar con sumo esmero el entorno existencial, el paisaje escenográfico, para dar la sensación de austeridad. En esta ocasión Albert Om (El convidat, TV-3) se ha encontrado con un ser que es la humildad personificada: la monja teresiana Maria Victòria Molins, de 76 años. Todos sus ingresos consisten en una pensión de jubilación de 590 euros al mes. Comparte modestísimo pisito con otras dos monjas en El Raval. No obstante despliega una notable actividad de compromiso social: en la Asociación Itaca de ayuda a los más necesitados, en sus visitas semanales a la prisión de Quatre Camins, y sobre todo en su constante fidelidad a lo que comprendió hace muchos años, cuando estuvo en Nicaragua: «Dedicación a lo que yo llamo el cuarto mundo, es decir, a los desamparados que tenemos más cerca». Es una monja muy alegre y suelta Maria Victòria Molins. Pero Om advirtió enseguida que tenía delante una criatura sin pelos en la lengua, y de gran carácter. Le preguntó: «¿Cuál es el papel de la mujer en la Iglesia?». Y ella respondió: «Pues se vio muy claro el día que vino Benedicto XVI a la Sagrada Família: el papel de la mujer en la Iglesia es limpiar lo que ensucia el Papa». ¡Ahh! No hay nada más incontestable que los datos: en efecto, todos vimos, gracias a la tele, cómo dos monjitas hacían de señoras de la limpieza de Su Santidad. Domestica donna tuttofare, las llaman en Italia. Maria Victòria Molins escribió hace 23 años un libro, un testimonio novelado, Camino, que subyugó al director Javier Fesser y lo adaptó para el cine con un éxito, y una polémica, extraordinarias. El Camino de la monja Molins, y aquel otro Camino que escribió monseñor Escrivá de Balaguer, son obras radicalmente enfrentadas. La postura de esta monja, comparada con la del famoso monseñor -considerada la Biblia del Opus Dei- es la constatación de que dentro de la Iglesia existen mundos antípodas, a infinita e insalvable distancia. «Aunque no hubiera absolutamente nada en el más allá, yo he sido feliz amando» dijo en un momento dado la teresiana, cuando Albert Om ya se marchaba. ¡Ahh! Esta reflexión monseñor Escrivá no la hubiera dicho, ni permitido, jamás.
Tampoco es equiparable esta teresiana con la famosísima y televisiva benedictina Teresa Forcades. A mí me parece que María Victòria Molins está en el mismo humilde barrio existencial que el pare Manel. Es una impresión personal.