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Ferran Monegal
Crítico de televisión
Hay ocasiones, raras, muy poco habituales en la tele, en que ante una entrevista determinada sentimos emoción, ternura y dolor al mismo tiempo. Son momentos insólitos. Televisivamente infrecuentes. Pero más extraño y valioso todavía es cuando advertimos desde casa que al entrevistador le ocurre lo mismo que a nosotros. Eso sucedió esta semana con Albert Om (El convidat, TV-3). Viajó hasta Els Guiamets del Priorat, y allí, en la residencia geriátrica, estuvo con Neus Català. ¡Ah! Durante un día y medio fueron manteniendo encuentros. Se sentaban juntos en la habitación de Neus, o en un banco exterior, a la fresca, y Albert le insinuaba algún tema y escuchaba sus respuestas, sus consideraciones, sus recuerdos. Nosotros en casa también escuchábamos con una inusual mezcla de silencio, respeto e interés. Hubo instantes que nos llegaron muy hondo. Cuando contó que en el campo de la muerte de Ravensbrück, los hornos crematorios no paraban. Llegaron a quemar a más de 92.000 mujeres. Y decía Neus: «El olor, el olor a carne quemada de una persona no es el mismo olor que el de cualquier otro animal. Es un olor diferente. Incluso el humo que salía de la chimenea era un humo distinto. Más blanco». ¡Ah! Evocaba Neus, con firmeza, con valentía, y con mucha tristeza, aquella tragedia. Y lo hacía con la convicción de que hay que hacerlo, de que hay que recordarlo, de que no hay que dejar que todo aquello lo tape el olvido o el silencio, «porque se lo debemos a las miles de mujeres que mataron». Callaba Albert Om, pero en sus ojos había una pátina elocuente: una inmensa emoción, una enorme ternura, y también un gran dolor. Exactamente lo mismo que a nosotros, en casa, nos estaba sucediendo. ¡Ah! Valiosa entrevista la de esta semana de El convidat. Excepcional por la intensidad que Neus Català nos transmitió.
El billete de Ferran Monegal
SOMOS YONQUIS.- Estuvo esta semana Jordi Évole (Salvados) con Jüergen Donges, asesor de la señora Merkel. Le decía ese experto que en España hemos vivido 15 años derrochando y que ahora la fiesta se acabó. O sea, que según la Merkel y este caballero somos unos cafres y ahora merecemos el castigo de la miseria. Le contestó entonces Évole: «Vale, somos drogadictos; somos yonkis adictos al crédito. Pero no se olvide usted de una cosa: por encima de nosotros había un camello que nos impulsaba a consumir y nos suministraba la droga». ¡Ah! El asesor de la Merkel quedó un poco touché.