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La del jueves pasado fue una noche histórica en el Gran Teatre del Liceu. Como colofón de las emociones vividas durante esta semana en el coliseo de La Rambla con la visita de los solistas y de los cuerpos estables del Festival de Bayreuth, la lectura de la obra maestra más sublime del catálogo operístico wagneriano, Tristán e Isolda, provocó el delirio del público.
Información publicada en la página 70 de la sección de Televisión y Radio de la edición impresa del día 08 de septiembre de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Una de las principales responsables de este festín emotivo fue la aportación de Iréne Theorin: con plena seguridad, una de las mejores Isoldas del momento; qué difícil encontrar una intérprete que aúne tanto talento para desarrollar con coherencia el complejo personaje; todo en ella resultó grande, espiritual, arrollador. Dotada de un instrumento privilegiado, dibujó una Isolda matizada y orgánica que convenció desde la primera nota hasta un colosal Liebestod.
A su lado tuvo a un Tristán competente, Robert Dean Smith, con más limitaciones para afrontar el arduo camino para construir su personaje pero que supo estar a la altura. No le fueron a la zaga la contundente Brangäne de Michelle Breedt -entregadísima y excelente intérprete-, Jukka Rasilainen como Kurwenal -que acabó conquistando al público pese a un comienzo desigual- y Franz-Josef Selig como Rey Marke -espléndido en su prolongado monólogo- en sustitución de Robert Holl.
SIN TOSES / Pero en la cima expresiva del romanticismo, la obra maestra de Wagner encontró el jueves, como venía haciendo durante la semana, su mejor aliada en la orquesta y el coro del afamado certamen alemán, a quienes se unió la batuta privilegiada -y sonora- de Peter Schneider. Ya hizo cortar la respiración el monumental preludio, con una cuerda densa, compacta y que tocaba la fibra; los atriles, todos, se implicaron siempre -conocen la partitura al dedillo-, pero hubo otros grandes instantes de emotividad, como el popular solo del corno inglés del tercer acto ejecutado magistralmente (¡y sin una tos del público!). Una gran y memorable velada que los liceístas recordarán por mucho tiempo.