Ferran Monegal
No sé si tomarme como una inquietante metáfora el arranque de la nueva temporada de 21 días (Cuatro), ese viaje que ha realizado Adela Úcar a las ultracerradas comunidades menonitas que hay diseminadas por México. No sé si esto que hemos visto es lo que nos espera, si la crisis sigue golpeándonos de manera tan insoportable. Lo que hemos visto, concretamente en la comunidad menonita de La Batea, en el estado de Zacatecas, pone los pelos de punta. Adela se ha sumergido ahí durante unos días, y solo contemplando lo que les enseñan en la escuela a los niños, hemos quedado sobrecogidos. El único libro que manejan es la Biblia. Está prohibido aprender idiomas -solo pueden comunicarse entre ellos en alemán antiguo-, no les enseñan historia, ni geografía, ni nada en absoluto, y se pasan las horas de clase cantando lúgubres y toscas canciones. Adela exclamaba, aterrorizada: «Lo que más me sorprende no es lo que aprenden, sino lo que no aprenden. No les enseñan nada por miedo a que conozcan algo que les guste». O sea, que esta gente menonita, buscando la vida natural, han llegado a conformar una secta peligrosísima. Aborrecen el progreso. Viven como hace 200 años atrás. La electricidad está prohibida. El único invento moderno que toleran es la rueda. Asusta pensar que nosotros podamos llegar a lo mismo. No por ideología, sino por pura necesidad. Porque no podamos pagar ni el recibo de la luz.
El billete de Ferran Monegal.
Información publicada en la página 74 de la sección de Televisión y Radio de la edición impresa del día 22 de febrero de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
LA PETACA DEL MOSÉN .- La vida en la jaula de Guadalix (Gran Hermano, T-5) discurre ahora mismo en la modorra más absoluta. Hubo, hace unos días, una cierta excitación -lo que llaman edredoning- entre el italiano Alesandro y la delicada lanzaroteña Noemí. Pero en vista de que no hay grandes bacanales, la organización, y la gran Flautista de Hamelín Merceditas, les han metido una nueva ratoncita, María, despampanante jerezana que ha conseguido al menos que el mosén Juan Molina flipe. ¡Ahh! Lo de este cura catalán es superlativo. Como está suspendido a divinis, se permite licencias sugestivas, como pasarse las tardes acariciando las pantorrillas de la riojana Ochoa, y exclamando: «¡Tengo hirviendo la petaca!». No nos extraña que luego, cuando se levanta del sofá, le hayamos visto circulando con un almohadón, un cojín, puesto ahí, tapándose la zona de la bragueta. Para que no se note demasiado la dimensión de su alegría.
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