El genoma o conjunto de genes de una persona es siempre el mismo a lo largo de la vida, sea un recién nacido o un adulto en la senectud, y así se transmite a la descendencia. Sin embargo, las señales químicas que lo regulan, las marcas que determinan el comportamiento de las células, varían con el paso de los años. El epigenoma, como son conocidas estas marcas, empieza a tener problemas. Es como si se deteriora en un proceso progresivo. «El análisis muestra que en la vejez está desgastado, se ha ido torciendo», resume el investigador Manel Esteller mientras enseña sus resultados en un gráfico.
Dos voluntarios 8 Un hombre de 103 años y su bisnieto, participantes en el estudio dirigido por Manuel Esteller en el Idibell. iDIBELL
Información publicada en la página 36 de la sección de cv Sociedad de la edición impresa del día 12 de junio de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
El equipo de Esteller, director del programa de Epigenética y Biología del Cáncer del Instituto de Investigación Biomédica de Bellvitge (Idibell), ha secuenciado por primera vez el epigenoma de personas de edad muy avanzada, incluso un centenario de 103 años, y lo ha comparado con el de un recién nacido y una persona en la treintena. «Cuando naces, tu epigenoma está perfecto. El ADN metila [se expresa] donde toca. En la vejez, en cambio, es como si nuestras proteínas fueran incapaces de hacer su trabajo y esto provoca que el ADN sea más frágil, que se rompa más», explica. Un caso extremo sería que una célula de glóbulo blanco manifieste, por ejemplo, un gen neuronal en lugar de un gen de la sangre. La investigación se ha publicado en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS).
Marcas químicas añadidas
Grosso modo, el epigenoma podría definirse como todas las modificaciones químicas que se añaden a los genes a lo largo de los años, tanto fisiológicas como externas. El inves-
tigador del Idibell considera que el deterioro del epigenoma es en gran parte una cuestión de edad, como si las células tuvieran un límite de vida, como si estuvieran programadas para no vivir más, aunque obviamente «puede haber grandes influencias ambientales, como la contaminación o la dieta».El genoma siempre es el mismo en un individuo, pero el epigenoma depende de cada célula y cada órgano. Hay unos 120 tipos. «Todos nuestros componentes tienen el mismo abecedario (genoma), pero la ortografía (epigenoma) es distinta en cada parte de nuestra anatomía», dice Esteller. Lo curioso, como demuestra el trabajo, es que, incluso para un mismo tejido, el epigenoma varía con la edad.
En el estudio se ha secuenciado concretamente el epigenoma de los glóbulos blancos -un material fácilmente accesible- de los tres grupos de edad. Siempre voluntarios de L'Hospitalet y municipios del Baix Llobregat. Los resultados demuestran que el centenario presenta un epigenoma distorsionado que ha perdido muchos interruptores encargados de apagar la expresión de genes inapropiados y, en cambio, se apaga el interruptor de algunos genes protectores. «Tenemos datos de que también sucede lo mismo en otros epigenomas, como el de la mucosa bucal y del colon. Ahora lo queremos hacer con células de cerebro porque sabemos que puede estar asociado a un mayor riesgo de enfermedades neurodegerativas», dice Esteller.
Esteller considera que las investigaciones sobre epigenética permiten avanzar en el conocimiento del cáncer y otras enfermedades. Lo observa todo con optimismo: «A diferencia de las lesiones genéticas, las epigenéticas son reversibles y, por tanto, la modificación de ciertos patrones mediante la dieta o el uso de fármacos podría inducir un aumento del tiempo de vida».