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Análisis

Una perversidad para echarse a llorar

Viernes, 17 de agosto del 2012 Imprimir Enviar esta noticia Aumentar/ Reducir texto
ROSA MARIA GARRIGA

Hace dos meses, nuestras autoridades empezaron a multar a prostitutas y clientes que a pie de carretera se vendían al mejor postor (unas) o compraban lo mejor que encontraban (otros). Desde entonces han sido sancionadas 277 personas. A primera vista puede parecer que el sistema de multas ha funcionado, pero si profundizamos en las cifras vemos una perversidad que es para echarse a llorar: en la provincia de Barcelona, 123 de las 130 sanciones son a prostitutas, y solo 7 a clientes.

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Información publicada en la página 4 de la sección de Tema del día de la edición impresa del día 17 de agosto de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)

Son números para reflexionar. La actitud de nuestros agentes del orden público, pese a que cumplen con la ley, hace que el peso de esta recaiga siempre en el eslabón más débil de la cadena de mafias que se lucran con el tráfico de mujeres. Unas mujeres a las que se expone a toda clase de vejaciones tras haber sido capturadas por organizaciones criminales que actúan de la forma que Joan Queralt relata en su libro La Gomorra catalana. Redes mafiosas que consiguen infiltrarse a través de complicadísimos procesos en el poder económico-financiero y -me atrevería a decir, aun con sumo cuidado- en ciertos círculos del poder político. Porque si no es con esa connivencia, ¿cómo pueden transformarse en lícitos capitales ilícitos procedentes, entre otros, de este tráfico de mujeres? Quizá algún día deberemos pedir responsabilidades políticas y económicas -y, ¿por qué no?, morales y éticas- a ciertos grupos que operan en territorio catalán.

Pese a todo, lo más hiriente para mí, como mujer, es la situación de humillación y pérdida de dignidad de estas mujeres que a pie de carretera se ven obligadas en régimen de esclavitud a prostituirse haga frío, calor, nieve o llueva. ¿Adónde hemos llegado los mortales para someter a una persona a esta situación ? ¿Cómo es posible que casi todas las sanciones recaigan sobre estas personas obligadas a prostituirse bajo amenazas a ellas y sus familias y que los responsables de estas situaciones se vayan de rositas con el bolsillo lleno? ¿Y que los clientes que se aprovechan de esta situación solamente hayan sido sancionados siete veces? Clama al cielo.

No juzgaré si las medidas sancionadoras que han dictado y aplican nuestras autoridades son o no las más adecuadas para acabar con esta explotación, pero a la vista de estos resultados parece que poca cosa aportan. La presión policial ha trasladado la prostitución de carretera a otras rutas, pero la explotación de las mujeres permanece igual.

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