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Geometría variable

'Tocar de peus a terra'

Miércoles, 9 de enero del 2013 Imprimir Enviar esta noticia Aumentar/ Reducir texto
Joan Tapia Periodista

Como se debía esperar, pero contra lo que se podía temer, en la inauguración del AVE a Figueres reinó la distensión. No hubo ninguna salida de tono a lo Wert, que tampoco casa con el carácter de Mariano Rajoy, ni proclama soberanista. Mejor así, porque, cuando aún no habían salido de la primera, España y Catalunya han entrado en una segunda recesión. Y la caída de ingresos fiscales, por la crisis y el final del boom inmobiliario, y de cotizantes a la Seguridad Social, por el disparo del paro (según la UE superamos ya los seis millones), amenazan el Estado del bienestar y el pago de las pensiones. Más vale que el conflicto político no empeore las cosas.

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Información publicada en la página 3 de la sección de Tema del día de la edición impresa del día 09 de enero de 2013 VER ARCHIVO (.PDF)

Y ayer era -lo dijo el president- un día de celebración. Para los catalanes, que el AVE interconecte las cuatro capitales y pueda llevar a París (si Francia invierte) es un hito. Madrid enmienda así algo el retraso en el corredor mediterráneo y Artur Mas sabe que CiU boicoteó con ligereza -y retrasó- el paso del AVE por el centro de Barcelona.

La cuestión es si la distensión de ayer es solo una muestra de que no se han acabado de perder las formas, o si puede haber una inflexión -allí pero también aquí- que evite un choque de trenes que dañaría al tejido económico. ¿Es posible? Quizá, pero seguro que no es fácil. En España, el PP, con su campaña contra el Estatut, ha generado una dinámica -no solo en la derecha- de creer que la reticencia al catalanismo es condición sine qua non para llegar a la Moncloa.

En Catalunya, el resentimiento -justo- por el episodio del Estatut y la tendencia a magnificar el déficit fiscal y dar por natural el superávit comercial ha creado un superficial complejo de superioridad. Somos el 19% del PIB y exportamos el 26%, sí. Pero la dependencia del tocho era similar. España tiene la vergüenza de Caja Madrid y Bankia, pero en Catalunya solo La Caixa -que invirtió en grandes corporaciones españolas (Telefónica o Repsol) o catalanas con proyecto español (Abertis, Gas Natural-Fenosa)- ha sobrevivido al tan manoseado modelo catalán de cajas.

El precipicio fiscal descrito por Andreu Mas-Colell nos une en el infortunio. Y mientras no se vislumbre el final de la crisis, ese es el gran desafío (común). El conseller quiere lograr que la Unión Europea flexibilice el objetivo de déficit para España (4,5% en el 2013) y que el de las autonomías se eleve del 0,7% al 1,5% del PIB, un tercio del total estatal, porque ese es el porcentaje de gasto autonómico (que carga con partidas sustanciales como sanidad y educación).

E, incluso, dice que el ordeno y mando fiscal de Cristóbal Montoro en el 2012 «ha contribuido a precipitar el conflicto entre el Estado y Catalunya». Y pone un ejemplo ilustrativo. Atemperar el objetivo del 0,7% al 1,5% significa pasar de recortar 4.000 millones -con recesión y 840.000 parados- a 2.400 millones. Un menor castigo a la economía de nada menos que 1.600 millones, más del doble del coste anual de las universidades catalanas.

El comité de enlace CiU-ERC invitó a todos los partidos a asumir la tesis de Mas-Colell. ICV-EUiA y el PSC, e, incluso, Alicia Sanchez-Camacho y Albert Rivera, podrían hacerlo. Pero el frente fiscal para convencer (o sea, vencer) a Madrid y las otras autonomías se complica si, al mismo tiempo, se proclama que el objetivo fetén (de los buenos catalanes) no es ese sino una consulta de desconocida pregunta, espinosa legalidad y orquestada por un Consell Català per a la Transició Nacional (se presume que a la independencia sin salir de Europa).

CiU y ERC tienen hoy mayoría (escasa) para imponer la agenda independentista, pero, entonces, no se debe extrañar que los otros partidos sean reacios a ejercer de comparsas de segunda división. Y Rajoy lo tendrá más difícil -suponiendo que quiera- hacer tragar a la España profunda un nuevo modelo de Estado. No es lo mismo pedir que todo cambie para convivir (discutiendo a cara de perro) que para marcharse. El programa de Mas-Colell podría tener a favor casi 135 diputados. El soberanismo, en el mejor de los casos, no llega a los dos tercios. Quizá la propuesta de Mas-Colell tiene poca ambición, sea de botiguer, pero, en la peor crisis desde 1929, lo sensato es tocar de peus a terra.

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