Antonia García y su marido, pensionistas, perdieron su vivienda en el barrio lorquino de San Fernando. «Allí nada más que quedaron escombros y polvo», dice García. Durante cinco meses después del terremoto estuvieron viviendo en una de las carpas habilitadas por los servicios de emergencias, y en octubre se trasladaron junto a otras 12 familias a unas viviendas prefabricadas instaladas por Cruz Roja para damnificados que no tenían adonde ir. El matrimonio, a sus 70 años, está resignado a la rutina diaria en un módulo de 60 metros cuadrados y mira con incertidumbre el futuro. «No sabemos qué va a pasar. No tenemos casa ni a nadie. El tiempo pasa y nadie nos dice nada», lamenta García. El matrimonio no tenía posibilidades de realojo en una segunda residencia y tampoco podía acceder a un alquiler por falta de recursos.
Información publicada en la página 29 de la sección de cv Sociedad de la edición impresa del día 11 de mayo de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)