Llamémosla X. Tiene 14 años, va al instituto, vive en el Baix Llobregat y hace tres meses, en verano, le dejaron organizar una fiesta de pijamas en la terraza de su casa a la que acudieron 14 amigas, dice su padre, al que llamaremos M. S. Durmieron en sacos de dormir, y fue una noche feliz en la vida de X. También para sus padres, ya que en cierta medida esa noche simbolizó el final de una pesadilla.
M. S., padre de una niña que sufrió ciberacoso, lee un correo insultante que recibió su hija. CARLES MONTAÑÉS
Información publicada en la página 2 de la sección de Tema del día de la edición impresa del día 19 de octubre de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Cuatro veranos antes, en el 2008, con 10 años, X se disponía a empezar en su colegio del Baix Llobregat un curso que acabaría siendo un infierno. «Era una chica alegre, pero de pronto le cambió el carácter, y también empeoró el rendimiento académico. Cuando la ibas a buscar, a menudo la veías sola. Cuando le preguntabas, respondía con evasivas», explica su padre. Los síntomas son conocidos, pero hay una línea que no es fácil de traspasar para los padres. ¿Y si se pasan de sobreprotectores? ¿Y si se trata de una actitud retraída de esa edad en la que los chicos intentan encontrarse? «Pero luego vinieron las excusas para no ir a clase, que si me duele la cabeza, que si el estómago, y eso ya no era normal en ella», recuerda M.S.
Los padres de X recurrieron a su hijo mayor, alumno de la misma escuela, y este trajo malas noticias: un grupillo acosaba a X en internet. «Comprobamos que le habían enviado correos insultantes y amenazantes. Se metían con ella por su físico, que si tenía el culo gordo, que si ojos de rana... Le ordenaban no frecuentar a los amigos de siempre, y mi hija se quedó sola», dice M. S.
«Monstruo de la ciudad»
Este diario ha tenido acceso a alguno de estos correos. Uno dice: «Te envío este mensaje para avisarte de que no te acerques a nosotras (...) porque nos caes fatal. Y si te acercas te arrepentirás toda la vida». Otro es un burdo montaje de una foto de X en la que se señalan partes de su cuerpo acompañadas de mensajes hirientes e insultantes: «El monstruo de la ciudad»; «Con su culo gelatina nos quiere matar». Chiquilladas, pensarán algunos. «En absoluto. No son cosas de niños, son muy graves a esas edades», denuncia su padre. En el caso de X, ese acoso fue el causante de un problema que ha precisado de tres años de tratamiento psicológico y que obligó a cambiarla de escuela. Ahora, con 14 años, vuelve a ser la que solía, sus notas son buenas, y tiene amigos. «Un cambio radical», dice su padre.
Pero recuperarse tras más de un año de sufrimiento no fue fácil. M. S. afirma que el trato que recibió de la escuela le hizo sentirse «solo». En cuanto tuvo conocimiento de lo que sucedía, se lo comunicó al centro educativo, que puso en marcha su protocolo de actuación, insuficiente para la familia. Durante un tiempo X fue al psicólogo del centro, pero M. S. afirma que tuvo que presionar para que a principio de curso cambiaran a su hija de grupo. «Al principio dijeron que era una cosa de críos», dice M. S., a quien la actitud del colegio le pareció contemporizadora y timorata. «Las escuelas tienen demasiado miedo a los padres», sentencia.
Contactada por este diario, la dirección del colegio lo explica de otra forma. «Actuamos deprisa, aunque propiamente era un problema externo, no generado en la escuela, sino en internet. Aplicamos nuestro proyecto de mediación: profesores o alumnos de cursos superiores median entre la víctima y los alumnos a los que acusa. Se reúnen y se habla de lo sucedido, y se llega a acuerdos que se fijan por escrito, se firman y se someten a un seguimiento. Además, se informa a los padres de todos los implicados. Así se hizo, y consideramos que el caso quedó resuelto», dice la directora.
Un problema generado en internet. Ese es un motivo que explica por qué este ciberacoso es tan difícil de tratar tanto en las escuelas como en los propios hogares. ¿Qué hacer con internet y las redes sociales?
«X tiene perfiles abiertos en las redes y una Blackberry. Tiene a su madre de amiga, y así podemos ejercer cierto control. Cada vez que sale alguna noticia de abusos en internet lo hablamos con ella y su hermano mayor», dice M. S., a quien no le consta que X haya visto el vídeo de Amanda Todd. Él sí lo ha visto. «Es inevitable ponerle la cara de tu hija», reflexiona. «Tras verlo escribí al diario», añade. «Por impulso, porque lo has llevado dentro durante mucho tiempo y necesitas contarlo». Porque si las víctimas se sienten, entre otras muchas cosas, solas, esa soledad también afecta a sus padres.