No hay una ciudad como Barcelona. No la hay. Muchos creen que Roma. Sí, puede, Roma se le parece. Pero Roma es el caos por el caos. Roma es Italia. Roma es pura improvisación y, en Roma, en moto eres el dueño de la ciudad. Para bien y para mal.
Información publicada en la página 5 de la sección de Tema del día de la edición impresa del día 15 de septiembre de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Barcelona, no. Barcelona, con 300.000 motos en la calle es, sin duda, la ciudad más motera de Europa. Y sería bueno que alguien tuviese en cuenta este detalle. Dicen que el Ayuntamiento de Barcelona lo ha tenido siempre en cuenta y que el RACC, pese a ser un club de cuatro ruedas, siempre, siempre, se ha interesado por impulsar proyectos, estudios y mejoras para que el motorista se sintiese cómodo y seguro en Barcelona.
Una cosa deberían de tener muy presente los pobres que nos gobiernan, o lo intentan, y es a valorar lo que representa en miles de coches que miles de ciudadanos nos movamos en moto. Esta ciudad se colapsaría si un día los moteros dejásemos nuestras motos (bien aparcadas, claro), nos subiésemos al transporte público e intentásemos llegar a la hora a nuestro trabajo. Fijo que no llegaba nadie. A la hora, digo. Fijo que bus y metro se colapsarían. Ya ni les cuento la que se liaría si cogiésemos el coche.
No digo que los motoristas nos sintamos poco queridos en Barcelona. No lo digo. Pero, a veces, cuando veo el amor, el cariño, el mimo, la reflexión, los proyectos, los estudios y el dinero que esta ciudad ha dedicado a las bicis no sé qué pensar. O, sí, prefieren las bicis a las motos. Y las bicis, la verdad, no sé cuantas motos y coches retiran de nuestras calles. Yo, lo que sé, es que a veces me pasan por las aceras rozándome la oreja. Sí, sí, ya sé que mis colegas también hacen de las suyas, pero coincidirán conmigo en que hemos mejorado muchísimo.
Hemos mejorado, ayudamos a la viabilidad de las comunicaciones y transporte en Barcelona y, sobre todo, llegamos más puntuales que nadie a nuestro trabajo. El problema es que no podemos aparcar. O no como quiere la ley, cosa que todos defendemos ¿verdad? Así que, mientras no llegue la independencia, deberemos de ajustarnos a las reglas que hay. Y esas indican que el ayuntamiento, o quien sea, ha de romperse el coco para encontrarle espacio a algo que hasta ahora era «la solución» y, por lo que veo, empieza a ser «el problema».
No es fácil, ya les digo. A mi hijo pequeño, el camión de la basura y algún que otro transportista ya le ha destrozado dos veces la moto. Se lo juro por Snoopy. Y él siempre aparca (porque se lo tengo ordenado) en batería, en la calle, en la esquina. Pero, ¡caray! acierta en las esquinas donde están los contenedores de la basura, esos que los basureros, desde su cabinita automática con telemando incluido, suben y bajan. Y, por el camino, igual se desvía y tira dos o tres motos. No acuso, cuento un ejemplo. ¡Ah! y otra más: esos párkings en batería sobre el asfalto facilita muchísimo el robo: llegan con la furgoneta, aparcan junto a las motos, escogen el modelo, la suben y se la llevan. Si están en las aceras, cuesta más.
Pero, claro, ampliar las zonas de motos es perder dinero de zona verde o azul. Digo, ¿no? Ven: solución que se convierte en problema. Los motoristas, cierto, somos muy comodones. Queremos ir de puerta a puerta. Y, claro, esa idea del ayuntamiento de cedernos plazas gratis (o eso han hecho correr) en párkings públicos subterráneos, igual nos pilla lejos de casa o la oficina.
Posdata: por cierto, escribo esto con mi pie izquierdo sobre una silla (astrágalo roto), después de que un simpático conductor de un Escort de hace 35 años se saltara, a toda velocidad, el stop de Descartes-Santaló. Y se me llevara por delante, claro. Volveré a ir en moto. Aunque me cueste aparcar.