Hace unos meses me regalaron un perro de raza beagle. El beagle más famoso de la historia es el que dibujó Schulz, siempre pensando en el vértice de su caseta y que respondía con el nombre de Snoopy. Bauticé a mi pequeño beagle con el nombre de Shakespeare y, por las noches, intentaba sacarle a pasear por las calles. Shakespeare siempre se resistió. Lo arrastraba con la correa y el beagle ponía las patas delanteras como si quisiera frenarse. A veces coincidíamos con la brigada de limpieza del ayuntamiento y su camión lleno de luces y de agua y el pavor de Shakespeare al estrépito municipal me obligaba a cogerlo en brazos.
Información publicada en la página 39 de la sección de cv Sociedad de la edición impresa del día 25 de octubre de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Los colmillos de Shakespeare empezaron a hacer estragos en el mobiliario y mis padres decidieron hacerse cargo del animal. Y allí ha ido creciendo sin correaje ni limitaciones durante estos años. En las hazañas del pacífico beagle se cuentan cinco gafas de sol de mi madre, cuatro mandos de la tele y unos auriculares así como tres o cuatro Cohibas robustos que nunca llegaré a fumar porque sus hebras se han desperdigado por el aire y los dientes de Shakespeare. Pero a pesar de su afán destructivo mi beagle continúa queriéndome. Y cuando me ve no puede contener la vejiga y se me mea en los pantalones. Un encanto, vaya.
Pero todo regresa. Y durante unos días he tenido que hacerme cargo de aquel cachorro que ha ido creciendo lejos de mí. Los paseos nocturnos ya no son un suplicio, sino una verdadera alegría. No hay que arrastrarle por la acera y ha demostrado ser un perro limpio y sociable. En la plaza cercana, los propietarios de mascotas se encuentran y hablan naturalmente de sus animales como si cantaran las excelencias de sus hijos. Aunque no quisiera añadirme al grupo, Shakespeare ya lo ha hecho por mí. Se trata de gente de mediana edad. Algunos paseantes de perros ignoran si sobrevivirán a su mascota o será la mascota la que ventee la muerte de su propietario. Una de las palabras más socorridas de los paseaperros es definirles con el adjetivo pobrecito. Es evidente que aquí hay un error. Los perros urbanos y registrados de Barcelona no son pobrecitos precisamente. Cuentan con un rancho fijo y hace tiempo que se han olvidado de las funciones de la caza. Para pobrecitos los perros abandonados de Kiev, que fueron detenidos y sacrificados por las autoridades ucranianas para no dar una mala imagen a los asistentes a la reciente Eurocopa. Pobrecitos también los canes enjaulados en los restaurantes del sudeste asiático y elegidos en vivo para ser degustados por los comensales con posibles.
Pero en esa alegre jauría de perros mimados, allí donde los propietarios hablan de los supuestos derechos de los animales y se lamentan de la caza del ciervo o del elefante abatido por el Rey, es evidente que no hay animalistas universales. Pasa un gato y los canes van a su alcance con las fauces abiertas. El felino se encarama a un plátano y espera a que pase el peligro. Ningún miembro del club de propietarios ha hecho nada para salvar al minino. No forma parte de su mundo. Les llamamos propietarios, pero en realidad los verdaderos propietarios de sus amos son los perros. El grupo se disuelve y Shakespeare me mira a los ojos como diciendo: «¿Por qué de todos los perros que conozco eres el único que camina con las patas de atrás?» Shakespeare es un verdadero poeta. No en vano en las obras teatrales del bardo de Avon se contabilizan más de 200 referencias a perros. Ya ven: pequeñas conversaciones con mi beagle antes de llegar a casa.