Cuando llegó a Barcelona, lo único que sabía hacer era seguir con la mirada los movimientos de una pelota roja. Ahora, dos años después, ya pregunta, contesta e incluso toca un instrumento. El robot iCub, un autómata que tiene la estatura de un niño de 3 años y se aloja en el campus del Poblenou de la Universitat Pompeu Fabra (UPF), progresa rápidamente. «Fabricar robots con capacidades sociales y una forma mínima de conciencia nos ayudaría a entender qué hace que los humanos y otros animales tengan estas capacidades», explica Paul Verschure, psicólogo, investigador ICREA de la Generalitat y de la UPF, y director del grupo que trabaja con iCub.
El androide iCub toca un Reactable en el campus de la Universitat Pompeu Fabra (UPF), en el Poblenou. DANNY CAMINAL
Información publicada en la página 30 de la sección de cv Sociedad de la edición impresa del día 02 de abril de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
ROBOT MÚSICO / A la espera de este hito, iCub levanta su mirada infantil hacia uno de sus entrenadores, André Luvizotto, y le pregunta en inglés: «¿Qué hago?» Con una larga conversación, el científico y el androide se ponen de acuerdo sobre una secuencia de gestos: «Pon la guitarra en el centro». «¿Luego?», pregunta el robot. «Yo pongo la batería a la izquierda». «¿Luego?», reitera.
Entonces, iCub baja la mirada hacia una mesa circular que tiene delante, coge del borde una pieza cúbica con la palabra «guitarra» y la pone en medio de la mesa. Esta se ilumina y emite una melodía de guitarra. El científico pone otro cubo, con la palabra «batería», a la izquierda del primero. Y se añade una percusión. Y así sucesivamente se va componiendo una pieza de música electrónica. La mesa es un Reactable, un instrumento inventado en la misma UPF que ya ha utilizado Björk, entre otros artistas. Ahora, también iCub sabe tocarlo un poco.
«Todo este proceso implica preguntar, escuchar, entender, planificar los movimientos, agarrar las piezas...», explica Verschure. El equipo de la UPF ha programado el cerebro del robot -12 procesadores alojados en una estantería y comunicados por un grueso cable con el androide- de tal manera que pueda integrar un gran número de funciones distintas. «Según una hipótesis, el cerebro humano se desarrolló gracias a las interacciones sociales. Este experimento se fundamenta en esta idea, pero aplicada a un robot», explica el investigador. Hace un año, a su equipo se le ocurrió que llevar un instrumento al laboratorio era una manera ideal para poner un androide y un humano en comunicación, con el objetivo de llevar a cabo una tarea motivadora. El Reactable era perfecto porque es un instrumento electrónico cuyo estado se puede medir exactamente.
Otros 18 ejemplares de iCub están repartidos en diversos centros de investigación en Europa y uno ha viajado a Estados Unidos. Cada androide vale 300.000 euros y se fabrica en el Instituto Italiano de Tecnología (IIT), en Génova (la UPF se adjudicó uno gratuitamente en un concurso de grupos científicos). «Tener el mismo robot en diversos centros permite que las contribuciones de cada grupo se sumen», explica Giorgio Metta, que coordina el proyecto iCub desde el IIT. Así, los centros europeos le han dotado de una piel electrónica que hace que sus brazos sean sensibles; han mejorado su capacidad de mirar y agarrar, y ahora le están enseñando a caminar. El próximo reto del equipo de la UPF es programar el oído de iCub para que pueda escuchar la música que genera y aprender a poco a poco a componer por su cuenta.