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PUBLICADO EN EL CUADERNO DEL DOMINGO DEL 25-11-2012 | LA GRAN RECOGIDA DE ALIMENTOS

Las cuatro delegaciones en Catalunya del Banc dels Aliments se han propuesto el objetivo de conseguir 1.400 toneladas de comida en dos días (30 de noviembre y 1 de diciembre). Se trata de la cuarta edición del Gran Recapte. Este es el trayecto que recorren los alimentos desde el donante hasta el beneficiario, un periplo solidario que recorremos de la mano de un paquete de arroz.

El milagro de 1 kg de arroz

Viernes, 30 de noviembre del 2012 - 14:16h. Imprimir Enviar esta noticia Aumentar/ Reducir texto
DANNY CAMINAL
OLGA MERINO

A eso de las once de la mañana, la cebolla del sofrito ya comienza a dorarse en los fogones de Puri, una mujer vitalista y llena de energía, acostumbrada a la brega en las cantinas de grandes fábricas. Purificación Wasaldua trabaja como cocinera en la Llar Pere Barnés, una entidad dependiente de la Fundació Arrels que da cobijo y alimento a personas sin techo. «A los pobrecillos -dice Puri- les gustan las cosas de mucho mojar, como las salsas y el pisto». La pobreza ama el pan, es cierto; por alguna razón, el chusco parece grabado a cincel en la memoria atávica del hambre.

Pero este mediodía no habrá moje. Hoy es jueves y, como manda el canon, toca paella en el menú. Mejor dicho, arroz con pollo, un arroz que procede del Banc dels Aliments y que nos acompañará a lo largo de este periplo circular.

«Un kilo de arroz da de comer a unas siete u ocho personas más o menos», explica Purificación mientras remueve con la cuchara el contenido del perol. Ocho estómagos se sacian gracias a la versátil gramínea. Ocho pequeños prodigios cotidianos. Un dato que conviene recordar en un momento en que un millón y medio de personas viven en Catalunya en situación de pobreza; es decir, el 22,4% de la población.

Comidas en dos turnos

La Llar Pere Barnés, situada en el Paral·lel, detrás de las chimeneas de la Fecsa, recibe 1.200 kilos de comida al mes procedentes del Banc dels Aliments, explica Charo Silleros, responsable del hogar que echó a rodar hace cinco años. Entre otros servicios, la entidad ofrece almuerzo y cena, en dos turnos, a 75 comensales: los 34 residentes en el centro y otras 41 personas externas que viven en condiciones muy precarias; algunas se alojan como realquiladas en pensiones o en habitaciones sin derecho a cocina.

Charo Silleros esboza así el retrato del usuario prototipo del hogar: «Un varón de nacionalidad española, soltero, de alrededor de 59 años, que lleva más de un lustro viviendo en la calle y que percibe una pensión no contributiva de unos 475 euros». Se trata, pues, de personas en una situación crónica de exclusión social. Mendicidad, trastornos neurológicos, alcoholismo, otras dependencias... Integrantes de esas bolsas de pobreza endémica que, por desgracia, perviven en cualquier sociedad del primer mundo. Representan el último peldaño.

La maldita crisis, la persistente asfixia económica de los últimos años, ha obligado, además, a que el arroz, ese humilde paquete de arroz que sale del Banc dels Aliments, enfile otros senderos para paliar otras necesidades. Sigámoslo.

El trajín de camiones y furgonetas, de cargamentos que entran o salen, comienza poco antes de las ocho de la mañana en las instalaciones del Banc dels Aliments, situadas en la calle de Motors de la Zona Franca. Unos 2.500 metros cuadrados de almacén donde se alinean palets e inmensas estanterías hasta el techo repletas de garbanzos, lentejas, bricks de leche, conservas y, por supuesto, arroz, uno de los productos estrella. Solo en la delegación de Barcelona, la primera que se fundó en España, hace 25 años, se mueven al día entre 12.000 y 25.000 kilos de alimentos.

El trasiego se ha incrementado en los últimos días por la organización del Gran Recapte, un ejercicio de voluntarismo que aspira a recaudar en Catalunya 1.400 toneladas de comida en dos días: el 30 de noviembre y el 1 de diciembre. Es la cuarta edición.

Contradicción capitalista

Podría decirse que los bancos de alimentos -la federación española que los aglutina ha sido galardonada este año con el Premio Príncipe de Asturias de la Concordia- se nutren de las contradicciones del sistema capitalista. El proyecto partió de Estados Unidos, cuando al activista John van Hengel se le ocurrió en 1966 que los excedentes de la industria alimentaria bien podrían paliar el hambre de los pobres de su ciudad. El padre de aquella idea, tan simple como genial, falleció, por cierto, en un hospicio de Phoenix (Arizona).

Todos los martes por la mañana llegan a la nave de la Zona Franca 25 palets cargados de fruta y hortalizas, vegetales despojados de esa tersura de porexpán a la que los años de bonanza nos han acostumbrado. Manzanas con alguna mácula, tomates un poco blanditos, coliflores y lechugas que ya empiezan a amarillear pero aún son comestibles.

Para evitar que la cadena solidaria se quiebre por algún eslabón, la velocidad es el factor clave, la rapidez en la distribución de los alimentos antes de que expiren. Por ello resulta imprescindible en el manejo del tinglado un cerebro orquesta, alguien que mantenga los platillos chinos en continuo movimiento sin que se estrellen contra el suelo.

En el Banc dels Aliments de Barcelona, ese alguien se llama Oriol Dolader, jefe de logística. «Los miércoles me llega un tráiler cargado de yogures. Me los traen el miércoles y el sábado ya caducan, con lo que tenemos que darnos mucha prisa en repartirlos. Además, las entidades receptoras tampoco tienen una gran capacidad de almacenaje».

500 grandes empresas

Gallina Blanca, Nutrexpa, Pastas Gallo, Danone, Kellogg¿'s, Nestlé y así hasta 500 grandes consorcios entregan la sobreproducción que no pueden comercializar a los cuatro bancos de alimentos catalanes. A veces llegan productos cuya etiqueta ha vencido («consumo preferente antes de...»), pero que igualmente se reparten con un certificado de la empresa en cuestión conforme son aptos para comer. Tal vez son galletas que han perdido la mordedura crujiente del primer día o bollos que se han puesto duros pero que mojados en leche aún se dejan saborear.

Rápido, rápido, rápido... Tanto en el reparto, como en la toma de decisiones. «Hace poco -explica el responsable de logística-, una empresa de Valladolid me ofrecía 25.000 kilos de mermelada, nada menos que 33 palets. Me los regalaban, pero tenía que espabilarme con el transporte». Se los trajo gracias a un camionero solidario que solo cobró 500 euros por los portes. ¿Salió a cuenta la operación? Dolader hace números con la calculadora. En efecto, valió la pena: dos céntimos de euro por kilo de confitura.

Una 'plantilla' discontinua

Así funciona el Banc dels Aliments, a base de imponderables, comida a punto de caducar y algo tan etéreo como la solidaridad humana. El invento se colapsaría sin las personas que colaboran como voluntarios en el depósito de la Zona Franca.

«Si no viene nadie, ¿qué hago? -razona Dolader-. Si no hubiera un mínimo de gente, esto no tiraría». Una plantilla discontinua de 187 personas se encarga de las múltiples tareas que se solapan en el almacén de Barcelona: descargar camiones, ordenar los alimentos, etiquetarlos para controlar las cantidades y recordar en qué balda se ubican, empaquetarlos... Un ajetreo continuo al que se consagran personas altruistas como Albert Expósito, un jubilado de 64 años que regala cuatro horas de su tiempo tres días a la semana.

El perfil del voluntariado, sin embargo, está transformándose; ya no se acercan solo pensionistas generosos, sino también personas todavía en edad laboral. Como Ferran, un parado más del sector inmobiliario. «Cuando digo que he cumplido los 55 años, ya no hace falta ni que enseñe el currículo. Se me caía la casa encima -explica-, hasta que vi un vídeo en el que Serrat pedía colaboradores para la entidad».

Ferran hace cada día ocho horas conduciendo el toro entre las ringleras de estanterías. Una jornada laboral completa para mantenerse ocupado, para no pensar, para no comerse la cabeza... Sentirse útil es pura vitamina para el hombre arrinconado por el mercado laboral.
 
 

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