El comercio detallista, el tejido de tiendas de las ciudades, es uno de los sectores que mejor reflejan la cultura y la idiosincrasia de un país. El nuestro es un país donde hemos vivido por encima de nuestras posibilidades; una afirmación que siempre nos irrita al pensar en nuestro viejo automóvil o nuestras vacaciones en la Manga, pero que deberíamos ampliar al uso que la Administración hace de nuestro dinero y de nuestra confianza. Este es un país de subvencionados y protegidos, con la consecuente limitación de la competencia. Hoy viven de la protección los mineros, los agricultores, los pescadores, la automoción, el naval, las concesionarias de autopistas, el sector del cine y, entre otros miles, el pequeño comercio. El pequeño comerciante no compite y, por ende, tiene éxito o se recicla; simplemente pide protección. Y esta necesidad y anquilosamiento tiene una razón histórica de ser: ciudadanos que, en la década de los 70, dejan la competencia, crean una tienda de algo que les gusta o conocen, sea una mercería o una zapatería, y a esperar la jubilación y un traspaso final. Solo en el peor de los casos, dan cabida a una segunda generación fallida que, sin formación y sin alternativa, exige ser protegida por el resto de ciudadanos. Si, finalmente, ahora no hay traspasos, sigo a regañadientes y exijo aún una mayor protección.
Información publicada en la página 4 de la sección de Tema del día de la edición impresa del día 04 de julio de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Tal abuso o proteccionismo perjudica a miles de trabajadores, que ven como ellos sí deben adaptarse a la movilidad geográfica, horaria, o irse a Brasil; perjudica a miles de compradores, que no entienden por qué no pueden comprar si alguien se lo desea ofrecer; y perjudica a los cientos de empresarios de pequeño comercio que logran competir con ingenio, innovación, horarios, automatización, inversión y riesgo empresarial. Hoy España es un referente en gestión comercial, pero con el peso añadido de subvencionar a miles de pequeños comerciantes que no aceptan nuestras reglas del juego. Al final, un Gobierno liberal que defiende potenciar la competitividad como modo de seguir progresando, inicia la libertad comercial por el bien de los turistas. Todos conocemos la sensación de tener un fin de semana largo y no poder ejercitar nuestra actividad de shopping, después de haber trabajado, adaptado y competido. Todos nos imaginamos que el tíquet total aumentará apenas, pero mejorará la experiencia de estar un domingo en Sevilla o Bilbao antes de volver a Fráncfort. Pero, inmediatamente, piensas que no deberíamos liberalizar, en primer lugar, por nosotros mismos.
Ampliar la libertad comercial implica mayor competencia y mayor libertad. La nueva normativa es un primer avance, iniciar un camino sin vuelta atrás. Porque competir y tener libertad de elección son adicciones muy potentes: cuando las pruebas, exiges más y más. Y provocaremos el cierre de muchos comercios que no pueden o saben competir, pero los que reaccionen serán más fuertes. Porque proteger algo débil con una cerca es el primer paso hacia su extinción, no hacia su supervivencia.