Jordi García suele pasar las vacaciones en una caravana que tiene estacionada en un cámping cerca de Pals. Es un modelo Dethfless alemán que compró de segunda mano hace seis años, con una habitación de matrimonio, un comedor y dos literas, y capacidad para acoger a seis personas. La anterior, una Sterckeman, también alemana, también comprada de segunda mano, la tuvo casi nueve años. «O más. Yo diría que en total han sido entre 15 y 18 años de caravanas. Siempre nos ha gustado». García tiene 58 años, es contable, vive en Santa Coloma de Gramenet, está casado y desde febrero está en el paro, y con los ingresos mermados y «la situación económica cómo está», dice, refiriéndose a la crisis, a los impuestos, al desempleo y a la debacle general, se ha visto obligado a hacer lo que menos quería: poner la Dethfless en venta.
«No tengo trabajo y debo buscar el modo de que entre dinero en casa -dice-. Por un lado recortar gastos, y por otro hacer cash». García y su mujer, María Jesús Ortilles, un año menor que él, han renunciado no solo a las vacaciones de caravana sino a las vacaciones en general, precisamente porque no es tiempo de gastar. Este año no hay desplazamiento, y los dos han decidido quedarse en casa.
LOS PEQUEÑOS PLACERES / Viajar forma parte del estado de bienestar o es una de sus consecuencias, pero no tiene categoría de imprescindible y poco a poco, cuanto más aprieta la crisis, más se va esfumando de la rutina estival de los españoles. Algunos, los que primero acusaron el golpe, llevan tres o cuatro años sin moverse de su ciudad, de su piso, pergeñando vacaciones urbanas de museo y cine y una playa a tiro de metro, y a veces ni eso, y otros se estrenan este año. No es perder la vivienda, ni es vivir de la caridad, ni es quedarse sin trabajo, y no es ni de lejos lo peor que trae consigo el hundimiento de la economía, pero lo que representa no es poco: el desmantelamiento de los pequeños placeres.
«¿Si pudiera irme? Me iría a cualquier sitio, me da igual. Con tal de simplemente poder coger una semana e irme con mi familia, me iría aquí al lado, a Castelldefels, lo digo en serio. Pero ni siquiera podemos irnos un fin de semana. Con las cosas como están y los sueldos que hay en la casa, me rompería la economía». Jordi Vidal tiene 44 años, es vecino de L'Hospitalet y hasta hace poco se ganaba la vida pintando casas, pero la crisis ahuyentó a los clientes e hizo que mermaran los encargos y que sus ingresos se resintieran, primero ligera, luego alarmantemente. Pilar Giménez, su mujer, trabaja en una empresa de limpieza y cobra cada mes 800 euros. Daniel, su hijo mayor, tiene 20 años; Cristina, 11. «Lo que ganamos alcanza solo para ir tirando -se lamenta-, pero es que encima el año pasado pasó lo del chaval». Daniel iba en moto y tuvo un accidente, y le amputaron una pierna.
Hace dos años que la familia salió por última vez de vacaciones: los padres de Jordi habían alquilado un apartamento en L'Escala y allí llegaron los cuatro, recuerda que un poco en plan okupa. El año pasado, con lo de Daniel, ni se plantearon salir, y este año, por mucho que el padre vuelva a tener trabajo… No: su economía sigue siendo rompediza. «El trabajo no es de pintor, es de vigilante de carreteras, pero me da igual. Tengo que comer y tirar a mi familia para adelante. Tal y como está todo, no poder salir de vacaciones es francamente lo que menos me importa».
DEUDAS ACUMULADAS / También de hace dos veranos forma parte el último viaje estival de Antonio Pereira, su mujer y su hija. Aquella vez pasaron unos días en Tarragona, pero la situación se ha deteriorado tanto desde entonces que de nuevo, como hace un año, han considerado prudente quedarse en casa. «Ahora mismo los dos tenemos trabajo, ese no es el problema. El problema es que durante mucho tiempo los dos estuvimos en el paro, teníamos una hipoteca alta, de 1.500 euros, y básicamente lo que hicimos fue acumular deudas. Deudas que aún estamos pagando». Antonio es venezolano, tiene 38 años, vive en Mataró y trabaja en el área comercial de una empresa de alimentación. Su situación en España hace años que dista mucho de ser el sueño en pos del que vino, y su perseverancia tiene menos que ver con la porfía y más con la necesidad de volver a Caracas con un pan bajo el brazo: tiene que ver con la dignidad. «Ya se nos ha pasado por la cabeza volver, pero necesitamos dinero. No es plan llegarle a tu familia con una mano delante y otra detrás, convertirte en una carga».
Antonio y su mujer se quedan, pero el esfuerzo mancomunado de tíos y abuelos -una colecta- ha permitido que la niña, de 13 años, pueda viajar y pasar una temporada en Miami, con su tía. «Va a estar fuera dos meses». A sus padres los atornilla la prudencia, por un lado, y el ahogamiento, por otro, pero de algún modo van camino de hacer memorables los meses de calor. «La verdad es que estamos en crisis total. Nosotros, como pareja. Los problemas económicos te unen o te separan, y a nosotros nos han separado. ¿Le dije casado? Pues no. Ponga separado».
BOCADILLOS EN LA PLAYA / Asociadas a un viaje y a unos recuerdos felices, consignadas en fotos y evocadas en relatos emocionantes y llenos de nostalgia, las vacaciones empiezan para algunos a formar parte del pasado; las reemplazan veranos que son, al fin y al cabo, una prolongación de la vida diaria. «En el 2007 fue la última vez que pudimos hacer vacaciones. Estuvimos en Cantabria, con mi mujer». Rafael Martínez nació en Córdoba, tiene 57 años y toda su vida ha sido básicamente camionero, pero desde que empezó el año está en el paro. Vive en Santa Coloma de Gramenet con su mujer, Asunción Alba, de 56, y a pocas calles de donde se instalaron sus dos hijas, Sonia, de 37, y Pilar, de 34. Que para mentar sus últimas vacaciones haya de retroceder cinco años, aun cuando el trabajo lo perdió hace poco, se debe a que la crisis lo golpeó desde el inicio. Y por varios flancos.
«Mi mujer trabaja a media jornada limpiando un colegio, mi hija mayor también está en el paro y por lo tanto tengo que ayudarla. Hace mucho que no hay dinero para vacaciones. Ya ni siquiera nos lo planteamos». Tal vez haya dinero para una mañana hacer unos bocadillos y pasar el día en la playa. Eso sí. «Estoy apuntado desde marzo en la Asociación de Parados Mayores de aquí, de Santa Coloma, y a pesar de la edad que tengo espero volver a conseguir trabajo. Si no, no sé, igual nunca vuelvo a salir de vacaciones en mi vida».
¿Adónde irían Rafael y su familia si pudieran, si todos tuvieran un trabajo, si España no estuviera en el pozo? ¿Adónde irían si la crisis no hubiera eliminado el placer de poder viajar? Eso se responde rápido: a Córdoba. «¡Ah, Córdoba!», dice Rafael. Y sus ojos son nostalgia, y recuerdos felices, y algo de emoción.