El pobre ciudadano anónimo se levanta cada mañana para reanudar sus rutinas y ya, con el primer sorbo de café, la radio lo asalta con una ristra de ganchos a la mandíbula: el nuevo hundimiento del Ibex, la volatilidad de la prima de riesgo, el saqueo de otra caja de ahorros, los titubeos gubernamentales, la intervención, el penúltimo repunte del desempleo... Y no es que se trate de una nebulosa lejana, no.
Quien más, quien menos, tiene un familiar en el paro o ha sufrido en el bolsillo la voracidad de los recortes salariales y las políticas sociales. Y así vamos. Viviendo al día. Casi de puntillas. El triunfo de la selección española de fútbol en Kiev, el domingo pasado, insufló al menos una muy necesaria dosis de euforia colectiva. Como apunta el profesor Leopoldo Abadía, autor de La crisis ninja (Espasa, 2009), «que España gane la Eurocopa no nos resuelve ningún problema, pero es una noticia agradable en el clima de pesimismo global que nos envuelve».
DESAZÓN CONTAGIOSA / El enardecimiento por la Roja duró poco, lo que una aspirina efervescente en el vaso. Persiste en las calles la sensación de tristeza, de pesadumbre y desazón. Las tiendas cierran. Proliferan los carteles de se vende, se alquila, se traspasa. Se nota que el dinero no circula y, lo que es peor, carecemos de un referente, de una zanahoria que nos aliente a seguir tirando del carro.
Cuatro años consecutivos de congoja -desde que comenzó la maldita crisis- parecen haber amasado, día tras día, una atmósfera general de malestar. Un pesimismo con la consistencia pegajosa del alquitrán, glotón como el virus de la gripe. Puede que afirmar que el desánimo es contagioso suene poco científico, pero algo de eso hay. Quizá porque el cerebro da más importancia a la supervivencia que a la felicidad.
La filósofa Elsa Punset sostiene que estamos programados para contaminarnos nuestras emociones con la finalidad de aprender los unos de los otros y ayudarnos a subsistir como especie. Nos compara con una bandada de pájaros: en cuanto uno alza el vuelo por un ruido sospechoso, el resto también sale huyendo porque la rapidez podría salvarlos del gato hambriento, del niño con el tirachinas o del coche inesperado. «Las emociones negativas -como la ira, la tristeza, el desprecio o el miedo- se contagian como un virus porque el cerebro cree que nos pueden ayudar a sobrevivir», afirma la autora de Una mochila para el universo. 21 rutas para vivir con nuestras emociones (Destino/Pòrtic, 2012). Y en un mundo globalizado e hiperconectado, la epidemia de abatimiento se propaga como el fuego.
EL ÚLTIMO RECURSO / Uno de los sentimientos más infecciosos es el miedo. Quizá el que más, asegura Antoni Bulbena, catedrático de Psiquiatría de la Universitat Autònoma de Barcelona (UAB) y director del INAD (Institut de Neuropsiquiatria i Addiccions) del Parc de Salut Mar. El miedo es tan contagioso como su contrario, el antimiedo, esa sensación de superfuerza, seguridad, potencia e invencibilidad que proyectan ciertos líderes populistas o sectarios. Estas terribles estrategias se han usado muy a menudo en los conflictos bélicos.
Hace tres meses, un jubilado griego de 77 años, enfermo de cáncer y agobiado por los apuros económicos, se pegó un tiro delante del Parlamento. Dejó una carta sobrecogedora que dio la vuelta al planeta y donde, entre otras razones, esgrimía: «No veo otra solución que poner fin a mi vida de esta forma digna para no tener que terminar hurgando en los contenedores de basura para subsistir». De hecho, estadisticas oficiales griegas revelan que los suicidios ha aumentaron cerca del 40% en el 2011 debido al peaje que se están cobrando las dolorosas medidas de austeridad. Informaciones similares han aparecido en los medios de comunicación sobre Italia e incluso España. Es decir, podría estar aumentando en el flanco sur el último recurso: el de la desesperación.
Los expertos consultados, no obstante, levantan el freno de mano. Tanto el doctor Bulbena como el también catedrático en psiquiatría de la UAB Enric Álvarez aseguran que aún no se ha demostrado científicamente la prevalencia del suicidio. Puede haber indicios, hipótesis, pero no datos «objetivos y comprobados»; quizá tengamos estadísticas dentro de unos años. En todo caso, sí detectan un aumento de los «problemas adaptativos» y de consultas por cuestiones de salud mental. Pero, de nuevo, tanteos, atisbos sin evaluar. La ciencia suele ser bastante cauta.
Álvarez, director del servicio de Psiquiatría del Hospital de Sant Pau de Barcelona, define este marasmo, estas arenas movedizas del desánimo, mediante un modelo que se conoce como la «indefensión aprendida». Explicado para profanos, consiste en que se le está enseñando a la población que haga lo que haga, trabaje o no trabaje, lo haga bien o mal, el garrotazo le caerá igual: «Esta situación, sostenida de manera crónica, sí puede generar síntomas de ansiedad y también de depresión».
Indefensión aprendida porque, agrega, los causantes de la crisis -un determinado perfil de empresariado y poder financiero- siguen tan campantes, mientras que las únicas respuestas políticas han sido la disminución de las prestaciones sociales y de los sueldos: «Por mucho que digan que hemos vivido por encima de nuestras posibilidades, eso es el chocolate del loro de la crisis. Con la burbuja inmobiliaria, se hizo obra pública a patadas, y eso sí que no nos lo podíamos permitir».
MENTIRAS / En muy parecidos términos se expresa el economista y emprendedor Àlex Rovira, coautor de La buena suerte (Urano, 2004). La clave del debate no radica tanto en la naturaleza contagiosa de un estado de ánimo, que también, sino en la indignación por el cúmulo de mentiras. Una indignación que puede llevar a un sentimiento mucho más profundo, el desamparo. La conclusión es diáfana: nos han mentido, engañado, estafado y manipulado. «Ahora sabemos que la crisis responde a la connivencia entre el poder financiero y el neoliberalismo, que han querido robar a manos llenas aprovechando el vacío legislativo y la incompetencia política», dice.
¿Nos hemos vuelto menos resistentes? ¿Más pusilánimes? Nuestros padres y abuelos salieron de una guerra civil atroz. Soportaron hambre, miedo, cartilla de racionamiento y penurias, mientras que las generaciones posteriores parecemos sucumbir a la ola de desasosiego. Una coyuntura que presenta similitudes con la Gran Depresión, la crisis mundial que se desató tras la caída de la Bolsa de Nueva York en 1929.
La analogía, sin embargo, es relativa porque, señala el historiador Josep Fontana, entonces «parecía que había alternativas al sistema en crisis y algunos gobiernos, como el de Roosevelt en EEUU, intentaron acometer reformas para aliviar los problemas». Reformas que al fin y al cabo no sirvieron de mucho, porque de la crisis solo se salió con la entrada en la segunda guerra mundial.
Agrega Fontana, profesor emérito de la Universitat Pompeu Fabra, que estamos inmersos en una etapa regresiva que desmiente la ilusión, generada en tiempos de la ilustración, de que la historia de la humanidad es una «secuencia imparable de progreso». Ahora, por el contrario, crece la constatación de que asistimos al desmantelamiento premeditado del Estado del bienestar.
Así las cosas, en la larga espera de mejores datos económicos y más convincentes respuestas políticas, necesitamos más que nunca buenas noticias. Éxitos sociales, como el récord de trasplantes, o deportivos, como el de la Roja, que nos devuelvan autoestima. Avances científicos, como el hallazgo del bosón de Higgs, con los que recuperemos fe en el progreso. Y también, claro, informaciones como la admisión de la querella contra la cúpula de Bankia, que alimenten la esperanza de que los principales responsables de esta crisis deban responder de ello. «Necesitamos ideas y valentía, Hay que poner energía no solo en lamentar y temer, sino en reconstruir y transformar», concluye Punset.