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Una población olvidada por la era digital

Pirineo desconectado

Al diminuto pueblo de Baiasca no llega señal de móvil, ni internet, y solo tienen 12 canales de TV

Los vecinos conectan cinco ordenadores a la red vía un servidor de Italia, pero exigen soluciones

Domingo, 12 de agosto del 2012 Imprimir Enviar esta noticia Aumentar/ Reducir texto
MAURICIO BERNAL
BAIASCA

«Walkie-talkies; en el pueblo usamos walkie-talkies». Jordi Fillet enseña el suyo; Esther Sánchez enseña el suyo; cada uno de los seis o siete vecinos que se encuentran presentes enseña el suyo. Es jueves y es verano y el sol hace reverberar los tejados en Baiasca, un diminuto pueblo del Pallars Sobirà situado al final de una carretera estrecha, mal pavimentada y llena de baches que serpentea entre el paisaje señorial del Pirineo. Todos llevan encima un walkie-talkie y eso es una imagen, y el pueblo en general está lleno de ellas porque en concepto de telecomunicaciones Baiasca es básicamente un destartale, no hay cobertura de móvil, no hay internet, casi no hay televisión. Forma parte de la normalidad, pues, que los vecinos hablen entre sí por walkie-talkie; que bajen caminando hasta la primera curva de la carretera para intentar atrapar medio gramo de señal de móvil («con un teléfono viejo; con un smartphone es imposible»); que cuando llueve y relampaguea alguien tenga que salir de casa y desplazarse hasta la entrada del pueblo y reiniciar la antena. Tienen una antena que reinicia.

Jordi Fillet, en Baiasca, con el 'walkie-talkie' que usa para hablarcon sus vecinos. ANNA MENESES

Un vecino de Baiasca habla por teléfono gracias a la conexión con un viejo módem. ANNA MENESES

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Información publicada en la página 26 de la sección de cv Sociedad de la edición impresa del día 12 de agosto de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)

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EMPRESAS EN LA MONTAÑA / En términos muy, muy generales, pocas cosas han cambiado en Baiasca desde que los antiguos pobladores pusieron en marcha una antena con una batería de coche y unas cuantas placas solares, y consiguieron señal de televisión y poder ver cuatro canales: la 1, la 2, TV3 y el 33. Eran campesinos y vivían de la tierra, y lo que más les interesaba en cuanto a telecomunicaciones era ver la televisión, y en esa época, además, internet era una promesa, y los móviles eran grandes y pesados y casi nadie los usaba. «Pero hace 10 o 12 años hubo un relevo de población -dice Fillet, presidente de la junta de vecinos-. Empezó a llegar gente de Barcelona, de Granollers, de Sabadell; gente que tenía otras necesidades». La mayor parte eran urbanitas que habían saldado cuentas con la ciudad, y que en algunos casos vieron viable empezar pequeños negocios en el Pirineo. ¿Por qué no? Una firma de arquitectos, una empresa de gestión forestal. Un restaurante. Pero no podrían operar -no con todo su potencial- sin móviles; sin internet.

«Se necesitaba una antena de telecomunicaciones y se pidió en el 2004», recuerda Esther Sánchez, vocal de la junta. Fue rocambolesco, tratándose de Catalunya, región rica en teoría, el camino entre la petición y la obra, y tuvo episodios que marcaron el imaginario del pueblo como la frase que pronunció el responsable de carreteras en una reunión del Consell Comarcal, cuando se discutía la construcción de la pista forestal que llegaría hasta la antena: «¿Por qué os habéis ido a vivir allí?» Con lo cual no es de extrañar que tardaran años en ponerla.

UN SERVIDOR EN ITALIA / Pero, finalmente, en octubre del 2011 estuvo lista. Albricias. El trabajo más difícil, más sucio y más caro estaba hecho. Internet. Móviles. Todos los canales de la TDT. En resumen: normalidad. «Pero lo cierto es que nos quedamos con la miel en los labios -dice Fillet-, porque ninguna operadora quiso prestar el servicio. Yo hablé con todas, pero ya estábamos en crisis y la respuesta era siempre igual: los planes de expansión estaban cerrados».

Es otra de las imágenes que regala Baiasca: la antena está allí («¿la ve? Esa cosa roja, en la punta de la montaña») pero no sirve de mucho. Los 12 habitantes permanentes y los cerca de 30 que se agregan en verano vivirían no exactamente en el pretérito, pero no muy lejos, si no fuera por los atajos, no siempre legales, pero tampoco ilegales («ponga alegales»), que han tenido que tomar. «Hemos ido trampeando», dice Esther. Un par de antenas rudimentarias permiten captar la señal de 12 canales, lo cual, en la historia de la televisión de Baiasca, es como la llegada de aparatos a Marte, y para suplir el suministro corriente de internet los vecinos han contratado un servicio por satélite; un servicio digno de Baiasca, cuya naturaleza se expresa mejor en las frases de los usuarios: «Es lo que contratan las casas rurales»; «pero aquí, claro, lo compartimos cinco casas»; «es una especie de wi-fi en comunidad»; «y no olvidemos que el servidor está en Italia, ¿eh? En Italia».

En la práctica, los vecinos disponen de una versión primitiva de internet que les permite ojear páginas y poco más. Puesto que la capacidad es compartida, hay un pacto no escrito, pero de caballeros, que impone que nadie utilice más que la pequeña porción de servicio que le corresponde, lo que implica no bajar archivos ni películas ni escuchar música ni hacer nada que pueda dejar al otro sin servicio. «Yo, para descargar un archivo, por ejemplo, tengo que viajar 12 kilómetros hasta Llavorsí», dice Fillet. Las casas con internet también disponen de los únicos cinco teléfonos fijos que hay en el pueblo, los cuales funcionan también vía satélite y conectados a un módem de los que desaparecieron, al menos del mundo desarrollado, hacia mediados de la década pasada.

En este planeta extraño, perdido en el Pirineo, tienen sus segundas residencias una decena de familias de Catalunya, y en ellas pasan buena parte del verano. Urbanitas. Personas que utilizan a diario internet y el móvil y, con frecuencia, ambas cosas a la vez: internet en el móvil. Personas que cuando van por la calle caminan por defecto con la cabeza gacha, mirando la pantalla; personas, en fin, que no se sienten necesariamente a gusto en la incomunicación.

COMPRAR, Y DE PASO LLAMAR / «Lo que hacemos es darle a la familia un par de los números fijos del pueblo para que puedan llamar si hay una urgencia», dicen Teresa Trillo y Ramón Rusiñol, que desde hace tres años bajan a Baiasca en verano, a una casa cuya reforma están a punto de culminar. «Mi madre de hecho está enferma y yo estoy nerviosa, angustiada, me está haciendo sufrir esta incomunicación». Se establecen protocolos: Mercè Llobet y Xavier Celma, de Sitges, avisan a todo el mundo de que marchan y cada vez que bajan a Llavorsí a comprar aprovechan y se conectan a internet, y llaman, y les dicen a sus padres que todo marcha bien.

Es otra imagen de todo esto: «Madre, estamos bien».

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