Oscureció. Han pasado las diez de la noche y decenas de senegaleses bajan andando por las calles que desembocan en el paseo marítimo de Salou, arrastrando un carrito de la compra repleto de bolsos, calzoncillos, monederos y bisutería diversa. Todos andan apresurados, teléfono móvil en mano. A esa hora, tras la cena, a muchos turistas les gusta aprovechar el fresco para pasear y hay a quien le apetece volver a casa con un bolso Louis Muiton por 30 euros, o 20 con suerte si va bien el regateo.
En la playa 8 Un vendedor ambulante de gafas de sol en el paseo de Vilafortuny, el pasado sábado. XAVI MOLINER
Información publicada en la página 25 de la sección de cv Sociedad de la edición impresa del día 31 de julio de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Diaga Basse y sus compatriotas se dirigen a la zona del Cap de Sant Pere, la frontera entre Salou y Cambrils, pero no irrumpen de inmediato en el paseo que da a la playa, a primera línea de mar: antes hay que controlar la situación. Esa noche también hay agentes de policía patrullando. Dos parejas de mossos d'esquadra hace casi una hora que están apostados justo en el punto caliente donde Diaga y sus compañeros instalan las mantas. Durante toda la tarde se les ha visto pasear por la zona.
Organización
Los vendedores ya han sido informados de su presencia por los encargados de llevar a cabo esa tarea. Están organizados, y cada uno tiene una labor estipulada. Los dos vigilantes que se aproximan a los agentes son muy jóvenes e intentan actuar con disimulo. Pasan delante de los policías pedaleando en su bici y regresan. Llaman por teléfono. Mientras el paseo se llena de gente, en la calle trasera, el trasiego de manteros empieza a ser evidente. Algunas mujeres, también senegalesas, apostadas en esquinas estratégicas, comunican a los vendedores por qué bocacalles está libre el camino hasta el paseo. «Ahora no puedo hablar, esta media hora es muy importante para situarnos, luego, luego…», dice un joven mantero sin dejar de andar.
Al cabo de esa media hora, dos agentes siguen en la punta del paseo, pero unos metros más allá, donde no les alcanza la vista, el mercado ambulante está ya armado en el suelo y los primeros clientes no tardan en detenerse frente a falsificaciones que dan el pego y algunas quincallas que están de moda este verano. Los monederos y unos collares nuevos de temporada son los productos más aclamados. «Si vendo todo esto que ves en la manta apenas ganaré 50 euros», explica Diaga. Tiene 36 años y hace 16 que llegó a Catalunya. «Hay mucha presión policial, antes trabajabas sin problemas, porque te conocen y no decían nada, pero ahora no nos quieren ni ver», añade.
Más competencia
Los manteros más veteranos admiten que han aumentado los vendedores -ahora hay los veteranos y los que proceden de otros sectores tras perder sus trabajos-, lo que se traduce en más competencia y precios más bajos. «Aquí en Salou somos unos 2.000 en verano», lamenta Djili frente a su parada en el suelo. Como él, dice, muchos se dedican al top manta porque no tienen otra cosa: «El año pasado trabajaba en un hotel, pero ahora ya no me han cogido y se me ha acabado el paro. ¿Qué quieres, que venda droga y que pierda a mi familia?», se excusa.
Conversar con él es difícil, ya que hay continuas interrupciones: compañeros que le informan de por dónde anda la policía, turistas que se interesan por el precio de unos calzoncillos... «Si vendo uno puedo ganar dos o máximo tres euros, pero ahora la gente no compra tanto por culpa de la crisis», afirma.
«Yo aquí ya no veo futuro», asegura una mujer a su lado. Es guapa, alta y rotunda, y viste con unos colores alegres que no concuerdan con su estado de ánimo. «Antes trabajaba limpiando pisos pero ahora hago trenzas en el paseo, yo no voy a vender drogas», explica, sin querer dar su nombre. «He pensado en regresar a Senegal, pero tengo tres niños y les sería muy difícil adaptarse, están estudiando aquí, nuestro mundo ya es este». «El problema no son los impuestos, es la crisis, que nos hace estar andando horas y horas para nada», resume la situación en la que se encuentran Mussa Khan, otro mantero.