A sus 71 años, Maritza recuerda cómo a los 28 inició su aventura de cooperante internacional. Durante décadas estuvo en varios países, como Argelia y Camerún, colaborando con Medicus Mundi, «trabajando al lado de personas que necesitaban hablar y ser escuchadas». Al volver a Barcelona y con el paso del tiempo empezó a echar de menos estar al lado de los más desfavorecidos. «Necesitaba el contacto con las personas y decidí volver al voluntariado, pero esta vez en Barcelona. Aunque parezca mentira, aquí hay muchísima gente que nos necesita», explica.
Información publicada en la página 4 de la sección de Tema del día de la edición impresa del día 21 de agosto de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Cuando se puso a buscar la entidad con la que iba a colaborar, tenía claro algo: quería trabajar con colectivos marginales, aquellos a los que a la gente le cuesta acercarse y entenderles. Después de hablar con diferentes asociaciones, acabó en Arrels Fundació, que dedica sus esfuerzos a las personas sin hogar: «A los sintecho los ves por la calle y ni los miras, y ni se te ocurre preguntarles cómo están». Vidas rotas, con un drama a sus espaldas: «A veces es por el alcohol o por simples problemas personales que acaban así».
Trabajar en Arrels Fundació supone un «esfuerzo emocional y psíquico» para Maritza, porque «no pasa ningún mes durante el que no se muera nadie. Es duro», dice. Aun así, reconoce que le llena muchísimo y que se emociona cuando alguien que lleva tiempo en la calle se abre, le habla, le cuenta su vida. «Yo no sé si hago mucho ni poco. Solo sé que ellos no necesitan sermones, sino besos y abrazos», afirma.
Maritza se enorgullece de «la humanidad» de las personas que colaboran en Arrels Fundació y sobre todo de la «sensibilidad» que, asegura, llevan las mujeres «en el ADN». «Por eso cuidamos de todos», añade.