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ACCIDENTE EN LA PROVINCIA DE CASTELLÓN

47 marroquís permanecen más de un día abandonados en la AP-7

El autocar en el que viajaban se averió en Castellón y nadie se hizo cargo de ellos

Los viajeros, que residen en Catalunya, compraron los billetes en locutorios

Sábado, 4 de agosto del 2012 Imprimir Enviar esta noticia Aumentar/ Reducir texto
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LAURA L. DAVID
SANTA MAGDALENA DE PULPIS

Abandonados en la autopista. 47 marroquís -cinco niños de entre 2 y 6 años, quince mujeres y 27 hombres- residentes en Catalunya que viajaban a Tánger pasaron entre el jueves y el viernes más de 30 horas tirados en el arcén del kilómetro 374 de la AP-7 (cerca del pueblo de Santa Magdalena de Pulpis, en Castellón) después de que el autocar se averiara y nadie se hiciese cargo de ellos hasta ayer a las siete de la tarde.

Un agente de la Guardia Civil conversa con algunos de los viajeros abandonados en la AP-7, cerca de Santa Magdalena de Pulpis. MIGUEL LORENZO

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Información publicada en la página 27 de la sección de cv Sociedad de la edición impresa del día 04 de agosto de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)

Allí, en el arcén, intentaron dormir como pudieron la noche del jueves y aguantaron el calor infernal del asfalto bajo el viento de poniente. En ningún momento se separaron de su equipaje, que no querían abandonar si antes alguien no les aseguraba que les llevarían hasta sus casas. Como única comodidad improvisada durante las largas 30 horas, tuvieron mantas y toallas que extendieron en el asfalto. La Guardia Civil les suministró agua y una ambulancia del Servicio de Atención Médico de Urgencia (SAMU) se desplazó hasta el lugar para atender mareos y lipotimias. Al estar en pleno mes de Ramadán, muchos no quisieron comer ni beber nada. Eso sí, el alcalde de la localidad castellonense de Santa Magdalena de Pulpis les llevó bocadillos de queso y tortilla.

DESDE GRANOLLERS Según narraron los viajeros, el autocar perdía aceite desde que salió, pasadas las nueve de la mañana del jueves, de Granollers. Luego paró en Mataró, Barcelona, El Vendrell y Tarragona. Debía llegar a Larache, en el sur de la provincia de Tánger, ayer. Pero el jueves, sobre las cuatro de la tarde, sin gota de aceite y en medio de una gran humareda, el motor se detuvo.

«Nos recogían en rotondas, en paradas un poco clandestinas, sin meterse en el pueblo porque compramos billetes low-cost», cuenta Mohamed, que se siente estafado. «Lo barato sale caro», se lamenta en un perfecto castellano. Los billetes los adquirieron en locutorios de diferentes localidades catalanas, sin seguro de viaje ni ningún tipo de garantía. «Según te veían la cara, te cobraban un precio», asegura Aziz, que pagó 80 euros por viajar entre Granollers y Tánger. Mustafa, que viajaba con su mujer y su hija, pagó 65 euros por el mismo trayecto. Los billetes, en realidad, no son tíquets de ninguna compañía en concreto, sino talonarios rellenados con bolígrafo y con membretes de diferentes casas de autobuses. Sus precios oscilan entre los 60 y los 100 euros, incluyendo el barco que cruza el Estrecho de Gibraltar. Por el equipaje se les cobraba un extra. Al parecer, un hombre identificado como Hassan, trabajador de uno de los locutorios, contrató el autobús con conductor a una pequeña empresa de autocares valenciana, Viajes Andrés. «A nosotros nos alquilan el autobús por 2.500 euros y ellos ganan más de 5.000. Luego, si hay problemas, no se hacen responsables de nada», decía ayer junto a los pasajeros, a pie de arcén, David García, el conductor que debía hacer el relevo en Valencia del chófer del autocar accidentado.

Sobre las tres de la tarde de ayer, cuando ya se cumplían 24 horas de estancia en la AP-7, aún no había rastro de un autobús de repuesto. «No nos dan solución: solo han cobrado su dinero y se han lavado las manos. No hay derecho, alguien tendrá que pagar por esto», se encendía Aicha, que viajaba sola hasta Larache para recoger a sus hijas.

NEGOCIACIÓN Mientras tanto, las mujeres se refugiaban en la escasa sombra que proyecta el vehículo y los niños jugaban con las piedras que quedaban al margen de la carretera, Abbas dormía, medio asfixiado por el calor, dentro del autobús y un grupo de hombres intentaba negociar, sin éxito mientras avanza la tarde, una solución para que alguien les llevase a sus destinos. «No podemos quedarnos aquí como perros. Hay niños», exclamaba Mustafa.

Poco después llegó un autobús de Abertis. La idea era cargar al pasaje y llevarlo hasta el área de servicio más próxima para que el tráfico por el carril derecho, que llevaba todo el día cortado, pudiera restablecerse. «Es por su seguridad y también porque estarán más cómodos», repetían una y otra vez los agentes de tráfico, pero el grupo se resistía porque su presencia en el arcén se había convertido en su arma para reclamar una solución. Al final, el grupo cedió y cargó el nuevo autobús con sus bártulos. Eso sí, solo después de saber que el tal Hassan, el de locutorio, había aparecido y un autocar procedente de Barcelona estaba en camino.

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