La pobreza infantil no es un fenómeno nuevo en Catalunya. Es una debilidad demasiado arraigada. Un 23,8% de la infancia catalana vive por debajo del umbral de la pobreza, lo que supone alrededor de 325.000 menores. Entre el 2008 y el 2010 este índice creció más de tres puntos porcentuales. Las familias de estos niños no tienen herramientas ni estrategias para sacarlos por sí mismas de esta situación. Y por eso las entidades nos vemos obligadas a adoptar estrategias asistencialistas y reconvertir nuestro trabajo preventivo.
Información publicada en la página 4 de la sección de Tema del día de la edición impresa del día 06 de septiembre de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
No hay duda de que la pobreza también es hereditaria. El ascensor social existe en Catalunya, pero solo para aquellos a quienes se llamaba clase media. Los pobres no pueden ni siquiera subir a ese ascensor. La mayoría solo pueden bajar, a no ser que se les acompañe. Vincular un determinado tipo de familia a un determinado desarrollo, en realidad escondería una diferencia de estatus social. No es la configuración familiar la que determina el desarrollo, sino las condiciones en las que se vive. Es una cuestión económica y de oportunidades.
Durante años las entidades sociales hemos estado intentando apoyar y acompañar a esas familias para que pudiesen abandonar la pobreza. El planteamiento ha sido apoyarlas para criar a sus hijos de forma que se labrasen un futuro mejor. La educación era el primer foco de atención. El contrato social decía que con estudios habría trabajo. Y en eso estábamos. Pero hoy hemos roto ese contrato y lo que se plantea es otro con otros valores y, sobre todo, con un nuevo paradigma. Hoy nos vemos obligados, por las necesidades de las personas a las que atendemos, a destinar esfuerzos al reparto de alimentos, a las ayudas para alquileres o suministros básicos (agua, luz…). Hoy no solo hay más pobres, sino que los pobres son más pobres.
Las dificultades están generando tensión en las familias y, en consecuencia, violencia velada o sutil en los hogares. En las escuelas podemos ver muchos indicadores de esta situación generalizada, no solo en la falta de materiales o la imposibilidad de participar en las actividades extraescolares, sino en la actitud y el rendimiento escolar de los alumnos: déficit de atención, falta de motivación, dificultades para entender los conceptos, nerviosismo, ansiedad... Lo que más influye en el rendimiento escolar -está demostrado en diferentes estudios- es la situación económica familiar. A peor situación, peor rendimiento.
Para promover la justicia social y luchar contra la pobreza es básico el apoyo a las familias y a sus redes. Sin duda hay que apostar por el trabajo comunitario e integral, por el arraigo de las personas, por satisfacer las necesidades básicas a partir de la acción social más próxima. Por construir políticas sociales de abajo arriba. Es decir, a partir de las necesidades de las personas, a partir de la acción social más próxima. No siempre es una cuestión de hacer más inversión; en demasiadas ocasiones se trata de hacerla mejor. Y de eso somos responsables todos.