Tenía 12 años y acababa de empezar en el instituto. Sus notas, ya desde el primer curso de primaria, solían ser las mejores de la clase. Un chico con un coeficiente por encima de la media. Por alguna de esas razones de difícil explicación -quizá porque se había labrado cierta fama de empollón- Joan (el nombre es ficticio) caía mal a algunos compañeros de curso. «Era un niño brillante, pero triste... Se le veía cabizbajo y algo ausente», recuerda la directora del centro en el que el chico cursa la ESO, en una población del Maresme. «Y es que, por lo visto, el acoso venía ya de los tiempos del colegio, desde la primaria», agrega la docente.
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Hace ahora un año, Joan estaba siendo víctima de cyberbullying o acoso escolar a través de internet. «Alguien, pese a no tener aún la edad para hacerlo, había abierto una página en Facebook, animando a participar a todos aquellos que le tuvieran tirria. Se llamaba algo así como A los que no soportan a Joan X», prosigue una profesora del instituto. «El caso es que la cosa fue creciendo y creciendo hasta llegar a los insultos, los ataques y las amenazas personales», añade la directora.
Joan callaba. Y seguía triste. «Un día unas compañeras de clase, unas niñas como él, fueron a la tutora y le explicaron qué pasaba. Ellas mismas se habían dado cuenta de que el asunto había rebasado ya todos los límites», rememoran ahora las maestras. Las copias de los mensajes que las chicas aportaron como prueba de lo que estaba ocurriendo inquietaron a los
docentes.
«Hablamos con los chicos que habían colgado mensajes en el Facebook. Y con sus padres», relata la directora. Localizarlos resultó bastante fácil, «aparecían, muchas veces, con sus propios nombres, sin ocultar siquiera su identidad». La reacción de los presuntos acosadores no dejó de sorprender a los docentes. «Nos dimos cuenta de que no eran conscientes del daño que habían estado haciendo», cuenta. Los chicos no habían calibrado las consecuencias de sus actos. Cuando leyeron algunos de sus propios textos, muchos de ellos, casi todos, se vinieron abajo. Algunos no pudieron contener el llanto y todos admitieron haber escrito los comentarios vejatorios «en caliente, sin reflexionar sobre lo que estaban poniendo y, por supuesto, sin tener en cuenta el dolor que estaban causando». Lo habían tomado como un juego. Se habían dejado llevar a ver quién decía el mayor disparate.
¿Cómo reaccionaron los profesores? ¿Y los padres? ¿Había que castigar? Bastó con las muestras de arrepentimiento. «La verdad es que estos temas son siempre delicados y no existe una norma de comportamiento prefijada», reflexiona la directora. En su caso y de acuerdo con los progenitores de Joan, el instituto decidió dedicar el tiempo de las tutorías a tratar sobre el acoso escolar, pese a que «a diferencia de otras cuestiones, como las drogas, la sexualidad o la violencia de género, no forma parte de los contenidos de ninguna materia». «El tema se trabajó primero por grupos y luego vino un equipo de los Mossos d'Esquadra a explicar cómo deben utilizarse las redes sociales de forma segura», explica la directora.
Joan está ya mucho mejor. Ha dejado de ser aquel chico triste. Y como es un tipo con recursos, se ha sobrepuesto. Sus compañeros, tras el oprobio y la vergüenza, han dejado de darle la espalda.