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PUBLICADO EN EL CUADERNO DEL DOMINGO EL 5-2-2012 | TESTIGO DIRECTO

 

Cuando nevó de verdad en Barcelona

En la Navidad de 1962, el alcalde Porcioles no atinó a desplegar los servicios municipales de limpieza y la nieve se convirtió en hielo. Los quitanieves llegaron de los Pirineos. Este es el recuerdo de un periodista que cubrió aquel colapso histórico.

Martes, 4 de diciembre del 2012 - 18:53h. Imprimir Enviar esta noticia Aumentar/ Reducir texto
JOSEP MARIA CADENA

A lo largo de mi vida -ahora tengo 76 años- me he encontrado con diversas nevadas en Barcelona, pero todas menos una de poca categoría, ya que aquí nieva poco y débil. Pero tengo una experiencia directa y periodística de la gran nevada de la Navidad de 1962, que me pescó en pleno ejercicio de mis actividades como redactor de la agencia EFE y de la sección de información local del 'Diario de Barcelona'.

Dos barceloneses esquían por la plaza de Catalunya, ante la mirada pasmada de los paseantes.

Insólita postal navideña de la Pedrera, en el paseo de Gràcia.

El 25 de diciembre, Navidad, tenía fiesta. Con 27 años y soltero, celebraba la comida familiar con mis padres. Vivíamos en la calle de Provença, esquina con Muntaner. Me gustó ver desde detrás de la ventana cómo, avanzado el mediodía, comenzaba a nevar. Era un espectáculo insólito en Barcelona. La nieve caía mansa, y ya pararía. Por eso nos sentamos todos en la mesa con normalidad y, a media tarde, dije que tenía que ir a la agencia porque en Madrid querían un poco de información, ya que en la práctica totalidad de España se trabajaba. Por la ventana observaba que la nieve seguía cayendo, pero con pausa. Me abrigué un poco más que de costumbre y a la calle que se ha dicho.

La ciudad vacía

El lugar donde vivía era céntrico, pero no pasaba ni un alma, y tampoco funcionaban los tranvías por la calle de Muntaner. La agencia tenía su delegación en el piso principal del número 28 de la calle de Pelai y yo, dispuesto a todo, encaminé hacia allí mis pasos. En las aceras había dos o tres centímetros de nieve polvo y, con precaución, se podía avanzar: así lo hice y al cabo de 20 minutos o media hora, llegaba a mi destino. Allí ya estaban Joan García Castell y Salvador Corberó Papiol, ambos muertos hace años, con quienes compartía aquella guardia.

Conectados con Madrid a través del teletipo, teníamos que comenzar a informar, y yo me sumaría aportando algunos detalles. Poca cosa, porque tampoco creíamos que la nevada fuera a mayores. Acabamos pronto, y Corberó, que vivía lejos, anunció que se quedaba a dormir en un hotel que aún existe en la calle de Vergara, para poder llegar puntual al día siguiente. García Castell, que tenía un seiscientos, se ofreció a llevarme a casa, ya que le venía de paso de camino a la suya. Fuimos juntos a buscar el automóvil y, ya dentro, rodeamos la plaza de Catalunya, enfilamos la Rambla de Catalunya y a la altura del actual Hotel Calderón, que entonces era un teatro, el coche se negó a seguir. Nos quedamos congelados, y pudimos salir gracias a que la nieve cedió al abrir las puertas. García Castell y yo nos despedimos y cada uno se marchó a casa a pie por su lado. Me costó un poco más que de bajada, pero no me fue difícil llegar.

Sant Esteve congelado

Como todo el mundo hacía fiesta por Navidad y Sant Esteve, los servicios municipales no hicieron ninguna actuación destacada. No salieron brigadas de limpieza ni creo que se tirara un solo grano de sal, al menos en los lugares que yo frecuentaba. Como tenía que ir a trabajar, salí de casa a las ocho y media de la mañana de San Esteve con botas, cazadora de piel y una bufanda gruesa como especial prevención.

La calle estaba helada y no había rastro de circulación rodada. Los tranvías seguían sin funcionar y algunas personas, pocas, caminaban por las aceras. Había que ir a pie y con mucha precaución, pero como era bajada, me pareció que podía hacerlo sin grandes problemas, algo más lentamente para evitar riesgos, eso sí. Así me fue posible alcanzar la Gran Via, rodear la plaza de Universitat, superar los almacenes El Águila -que entonces estaban en la esquina con Pelai- y llegar a mi meta, que era el edificio en el que había la tienda Foto-club. Ninguna heroicidad, porque el delegado, Rafael Delclós, y mis compañeros -recuerdo a Rafael del Cerro, Joan Sariol, Josep Aliaga, Joan García Castell, Salvador Corberó, Àngel Trull, el ordenanza Vicente y otros- ya habían llegado.

Todos teníamos allí conciencia de que la cosa había ido a mucho más, no tanto por la nieve caída como por el hielo que se había formado. Nos pusimos a trabajar. Por fortuna, los teléfonos y los dos teletipos funcionaban, y fue posible conectar con los bomberos, la policía, el Hospital Clínic y los lugares oficiales, así como con los corresponsales. En algunos organismos ya estaban alertados, aunque pienso, sin querer presumir de nada, que nuestra acción -«la prensa quiere saber»- agilizó la movilización. Pero nadie creía que el tema se convertiría en un verdadero problema ciudadano, como en realidad pasó durante los siguientes días. 

Diario contra la nevada

Por la tarde fui al 'Diario de Barcelona', situado en el 49 de la calle de Muntaner, donde era redactor. Desde hacía poco el redactor jefe era Marcelino Sangüesa -durante años redactor de Internacional y España-, en sustitución de Carmelo San Nicolás. Tenía ideas renovadoras y convenció al director, Enrique del Castillo, de que además de fotografías en retrograbado de la nevada en portada y de las páginas centrales -los fotógrafos eran Joaquim Brangulí y José Antonio Sáenz Guerrero-, había que cambiar la compaginación y comenzar las páginas de tipografía con esta noticia. Para eso había que hacer una crónica, lo más extensa posible, que aportara el máximo de lo que se sabía y se intuía, y que centrara la cuestión; y a mí, que era joven y atrevido, me encargó que escribiera lo que quisiera, aunque los textos fueron teniendo unas dimensiones menos desmesuradas a medida que se iba recuperando la normalidad. Estoy agradecido a Marcelino Sangüesa por la confianza que puso en mí, y lamento lo que pasó después, ya que él, entusiasmado con el cambio hecho en la paginación, quiso que la información de Barcelona siguiera estando delante y la empresa, presidida por Miquel Mateu Pla, y el director, no quisieron. Sangüesa se sintió desautorizado y abandonó el diario.

Reacción tardía, caos extraordinario

Barcelona no estaba preparada para aquella nevada tan importante y la posterior helada. Se tardó en tomar medidas y el caos fue extraordinario. Recuerdo que la gente subía a los terrados y tiraba el hielo a la calle, lo que se acabó prohibiendo por las abolladuras de los coches aparcados y prisioneros de la nevada.

La ciudad no disponía de máquinas quitanieves, y el alcalde de entonces, Josep Maria de Porcioles, dispuso que se soldaran palas en el morro de los camiones, y que salieran el máximo de brigadas de limpieza a las calles. Y también llamó a Andreu Claret, exiliado catalán en Andorra, empresario de un servicio de limpieza de nieve en carreteras, para que bajara a Barcelona con sus máquinas. Claret no disponía de pasaporte y era considerado un rojo, pero Porcioles movió sus influencias y Claret llegó como el admirable -en vez del abominable- hombre de las nieves. Dos de sus hijos serían más tarde los grandes violenchelistas Claret y otro acabaría siendo el buen periodista Andreu Claret, pero él, en aquellos años, resultaba «poco recomendable» por su pasado político y su amistad con Pau Casals.

La lección perdida en el tiempo

Este año se cumple medio siglo de aquella nevada. Nunca hemos vuelto a sufrir nada parecido, aunque hayan caído algunos copos y Barcelona haya quedado enharinada alguna vez. Y creo que no se volverá a repetir, porque, aunque perdida en el tiempo y con pocos testimonios directos, ha quedado en la memoria que conviene reaccionar rápido, aunque sea Navidad, para no dejar que la nieve se convierta en hielo.

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