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ENCUENTRO CON UN EXRECLUSO LEGENDARIO

Yo fui el preso más antiguo

Miguel Montes celebra hoy su primer mes en libertad tras 36 años encarcelado

Intenta adaptarse a un mundo que le resulta extraño después de media vida conservado en vinagre, como él dice, y asegura que no volverá a delinquir

Miércoles, 14 de marzo del 2012 Imprimir Enviar esta noticia Aumentar/ Reducir texto
EL PERIÓDICO visita a Miguel Montes Neiro, el que fue el preso más antiguo de España, un mes después de obtener la libertad. M.NAVARRO / J.L.ROCA
MAYKA NAVARRO / Benalmádena

«Allí dentro había un bandido. Un delincuente. Aquí fuera hay un padre, un hermano, una persona que siente y padece el sufrimiento de los suyos, más que el propio. ¿Qué quiere que les diga a los que no entienden por qué estoy libre? Lo hecho, hecho está. Al que quiera preguntarme, aquí estoy yo para contar mi historia...»La historia de Miguel Montes Neiro empieza el 23 de abril de 1950 en Granada cuando su madre pare al segundo de seis hermanos. En su casa le llaman Paco. Y en la cárcel, donde entró por primera vez cuando tenía 16 años, tras un robo en el barrio granadino del Zaidín, Paco también. Sus 36 años entre rejas comenzaron cuando tenía 26, en un calabozo del cuartel de Ceuta en el que prestaba servicio como legionario. En todo ese tiempo se fugó siempre que pudo, arañando 1.386 días de libertad en los que se enamoró, se casó, tuvo dos hijas y plantó un aguacate en el patio de la casa de su hermana Encarna, en Benalmádena, Málaga, donde ahora está aprendiendo a vivir.

Montes, con dos de sus hermanas, en Benalmádena, el sábado pasado. JOSÉ LUIS ROCA

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Montes, con dos de sus hermanas, en Benalmádena, el sábado pasado.
Montes, con Ángeles, una de sus dos hijas.
Las manos de Montes, durante la entrevista.
Montes muestra un tatuaje que lleva en el pecho.
Fotos de Montes y de otros familiares, en casa de su hermana Encarna.
Montes, con dos de sus hermanas, en Benalmádena, el sábado pasado.

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Información publicada en la página 36 de la sección de cv Sociedad de la edición impresa del día 14 de marzo de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)

Bañado en Brummel

Cuando el mes pasado se reencontró, ya libre, con su árbol, trepó como un mono hasta las ramas más altas y arrancó los aguacates maduros que le habían estado esperando durante tiempo. Montes se quedó un buen rato allí arriba, respirando libertad. Sentado entre dos ramas del viejo aguacate, mientras sus hermanas, abajo, le miraban pensando que con lo que les había costado sacarle, ahora se les iba a descalabrar.

Montes se baña en Brummel y al que tiene delante se le antoja bucear en el azul casi transparente de unos ojos que cada día ven menos tras tanto llorar. «Ya no me salen lágrimas. Las gasté todas. Pero por dentro todavía llora el Montes que ha estado encerrado». El ex-preso habla con verso cursi. Recita al contar y le gusta terminar las frases con metáforas canallas que ilustran cómo fue su caminar al filo de la mala vida. Le gusta tener siempre la última palabra. Y escucharse. Montes se quiere y se gusta a rabiar. Lo reconoce. «No me queda mucho tiempo en este mundo para tonterías. Me gusto, por eso estoy aquí». Se le ha metido en la cabeza que no vivirá mucho más de diez años. «¿Para qué quiero más?»

Quizá para enamorarse.

«Espero que no. No quiero que el enamoramiento le reste alegría a mis gestos, a mis palabras ni a mis sensaciones. Con las mujeres todo va bien, hasta que siempre va mal».

Montes dice que todos estos años ha estado conservado en vinagre. Paralizado. Quieto para lo bueno y quieto para lo malo. Pasar 36 años entre rejas, salvo cuando estaba fugado, evita crecer. Y en algunos momentos, habla un hombre extremadamente machista y racista, por mucho que sus hermanas, siempre a su vera, nieguen con la cabeza y aseguren que todo es palabrería y que en el fondo es un buenazo. Seguramente lo es, pero en su casa, desde que salió, manda él. Y no consiente que nadie le diga lo que tiene que hacer, bastante ha obedecido. Y llorado.

Ahora en vez de llorar canta. Fandangos, por soleás... Estrofas del flamenco de Camarón y de Enrique Morente que la tercera noche en libertad volvió a entonar con su hermano Manolo, cuñados y sobrinos en una juerga bañada en risas que duró hasta las tantas de la madrugada. «Me dolía hasta el alma. Tenía agujetas en el estómago de las carcajadas. Se me había olvidado reír».

Cuenta Montes que en prisión se quedó sin cosquillas, sin sabores y sin olores. Conseguía echar mano del recuerdo del olor de sus hijas, pero hasta las flores perdieron todo olor. «La comida en la cárcel sabe toda igual. Pero el primer día fuera, mi hermana Carmen me hizo unas lentejas que llevaban chorizo, tomate y cebolla...»

Nada bueno

Cuesta arrancarle un solo buen recuerdo de sus 36 años entre rejas. Ni siquiera el tener ese tiempo eterno para pensar con el que sueñan los que no lo tienen. «Nada. Allí dentro solo hay bueno los que están encerrados injustamente, que son la mayoría.» Y promete no regresar nunca más a una cárcel. Ni a visitar a los amigos que siguen dentro, ni a recoger a los que un día salgan.

No son pocos los que apuestan por que Montes volverá a delinquir. Que siempre lo ha hecho y que está vez no será diferente.

«Que vayan haciendo una buena candela y que esperen sentados. A los calvos, igual les crece el pelo. Si están esperando que yo caiga, que esperen», dice, y sonríe. Tampoco se arrepiente de nada. A toro pasado, dice, eso son solo palabras que ya no sirven. «A lo hecho, pecho», añade asumiendo las consecuencias de todo lo malo que hizo. Tampoco ha pedido perdón a sus víctimas, pero si alguna lo necesita, lo pedirá. Pero insiste en que solo les robó, y que nunca, en toda su dilatada carrera criminal, tocó un solo pelo a nadie. En la cárcel sí, allí dio más de un bofetón para hacerse respetar. «Más tendría que haber dado». Y lo dice pensando en Santiago del Valle, el asesino de Mari Luz Cortés, con el que coincidió en la misma cárcel pero no en el mismo módulo. Lo lamenta.

¿Se habría complicado la vida? «Sí, y con mucho gusto. Telefoneé varias veces al abuelo de Mari Luz para decirle que el asesino de su nieta estaba conmigo en la cárcel. Que estuviera tranquilo. Pero nunca pude hablar con él».

Durante todos estos años, Montes ha pisado todas las prisiones de España, menos la de Asturias. Le resulta complicado resumir media vida entre rejas. «Agobio, tristeza, impotencia, dolor, sufrimiento. Me cuesta concentrar en pocas palabras tantas manifestaciones de añoranza, de pena. Ha sido terrible».

Ni un solo día de los miles que pasó encerrado dejó de pensar en huir, en fugarse, en acortar la distancia que le separaba de su familia. Para Montes fugarse es la obligación de todo preso. Lo consiguió en innumerables ocasiones. Tantas que olvidó contarlas. Pero el encierro no le ha restado memoria, que conserva viva y rica en detalles y sensaciones.

Recuerda nombres de compañeros... A Miguel Madrona, con el que se fugaba a ver a Camarón a las cuevas del Sacromonte, a Juan José Moreno Cuenca, el Vaquilla, al que conoció en la Modelo cuando este era un niño y le llamaba tito. A Dino y Artola, dos de los muchos etarras a los que dio clases de cerámica. «Eran como el resto de presos. No tenían ni más ni menos valor que el resto. No me tocaba a mí juzgar lo que hicieron». ¿Y los días de atentados? «A veces se quedaban en sus celdas y no salían al patio por miedo».

Miedo Montes no ha tenido nunca a nada ni a nadie. Solo pena por si moría allí dentro, en una celda, junto a un funcionario, a los que él insiste en llamar carceleros, y para los que no tiene ni una amable palabra. Alguno bueno habrá «Paco Velasco, el único».

La gente le reconoce. Le felicitan y le besan. Como la funcionaria del DNI de la Policía Nacional de Málaga que le atendió hace dos semanas para hacerse el primer carnet de identidad de su vida. O el director de la Caja de Ahorros de Granada que salió a saludarle cuando supo que Miguel Montes iba a abrir su primera cuenta de ahorros. «Les pregunté si tenían algo para poder llevarme, pero no entendieron el chiste». El 25 de marzo votará en las elecciones andaluzas. Será su primera vez. ¿Le hace ilusión? «No mucha. Menudos delincuentes».

El 23 de abril cumplirá 63 años, pero se lo está pensando. No descarta empezar a restar. Tirar hacia atrás y recuperar de su vida todos los años que pueda de los 36 que ha perdido. Dice que tiene que aprender a vivir. Que hay cosas que no sabe, ni entiende.

¿Sueña?

Sonríe sin hacer ruido. «Con un horno para dar clases de cerámica. El barro me ayudó a sobrevivir encerrado. Necesito seguir enseñando a modelar». Sueña porque ni Montes ni su familia pueden comprar un horno. Aceptaría uno viejo o castigado, él lo repararía. Y si nadie se lo regala, lo construirá.

Y ahora, que casi anochece, me cuenta qué es la libertad.

«La libertad es algo que todo preso quiere; que a veces tenemos y no sabemos querer. La libertad es la madre de todas las vidas».

Y si volviera a nacer...

«No haría nada parecido. Había muchos caminos en la vida y yo transité por los peores, por los más difíciles. Fuimos unos idiotas». Montes rebusca en los cajones del comedor y saca un tirachinas que fabricó hace años en prisión. «Se lo entrego. Ha sido mi única arma. Esa y el saber que un día volvería a vivir».

Vea el vídeo de esta

entrevista con el móvil o

en e-periodico.es

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