A Carmelo Arauz las cosas le iban bien: tenía trabajo, sus dos hijos estudiaban y crecían y la familia, toda, gozaba de buena salud. Había llegado en el 2002, con 30 años, porque tenía parientes aquí y su hermana lo había animado, le había insistido («venite», le decía, «venite») y había viajado, y había conseguido trabajo, dos, en realidad, que compaginaba, uno en un supermercado y otro en una empresa de guardamuebles. Su piso estaba en L'Hospitalet de Llobregat, en la avenida del Carrilet, y todo iba bien hasta que todo se derrumbó. «Perdí uno de los trabajos y al mismo tiempo me separé de mi mujer, lo cual empeoró las cosas. Me quedé yo con los niños, y la situación de ahí en adelante fue difícil. Porque yo no quería que pasaran por eso. Ya habían pasado por el divorcio y no quería que pasaran por la pobreza, así que en el 2009 los mandé a Bolivia y me quedé yo para juntar el dinero y así poder reunirme con ellos».
Emprendedor 8 Carmelo Arauz (derecha) posa con su familia ante la fachada de la sala de billar que abrió tras regresar a Santa Cruz, en Bolivia. EL PERIÓDICO
Información publicada en la página 5 de la sección de Tema del día de la edición impresa del día 17 de octubre de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Tampoco le iban mal las cosas a Jorge Teixeira. «Era analista de sistemas en una empresa de telemercadeo. Me duró dos años, hasta que empezaron a perder clientes y a prescindir de personal; a la tercera reducción de plantilla me despidieron». Había llegado a Barcelona en el 2007, decidido a quedarse, y todo marchaba tan conforme a lo planeado, y el futuro, en general, era un paisaje tan despejado, que incluso se había endeudado para estudiar. «El problema es que ese crédito ya lo había pagado y no me podía echar para atrás. Tenía seis meses de paro, así que mientras estudiaba me dediqué a buscar trabajo». Ocurrió en el verano del 2009; en enero del 2011, Teixeira había vuelto a Venezuela.
EN CASA Y REHACIENDO SUS VIDAS / Les iba bien a todos. El sueño no era americano, era español, y las condiciones eran propicias para que se cumpliera. «Trabajaba en una galería de arte, en Madrid, coordinando exposiciones», dice Cristina Gamba, colombiana. «Hacía de todo un poco, pero siempre tenía trabajo», dice Tomás Curti, argentino. «Me fui allá con mi esposa y tuvimos una niña, y todo fue muy bien hasta el 2007», dice Alberto Bailey, de Bolivia. Lo dicen todos por teléfono, porque después de pasar temporadas más o menos largas en España, y de tener en algún momento la certeza de que habían venido a quedarse, que su futuro y el de sus hijos estaban aquí, la crisis los obligó a volver, a hacer las maletas y marcharse. Ahora están en sus países, rehaciendo sus vidas.
¿Qué ocurrió? Un poco de todo. Bailey había llegado a España en el 2000, a L'Hospitalet, para ser precisos, a trabajar en la empresa de construcción que su padre llevaba cinco años sacando adelante. Siete años se prolongó el sueño, que no era espejismo porque tenía asidero en la realidad: buen trabajo, buenos ingresos, incluso una hija nacida aquí. «El problema fundamental es que dejó de haber trabajo, lo cual nos apretaba por el alquiler, los gastos… -habla desde Cochabamba-. Así que solucionamos la deudas y nos regresamos. Eso fue en marzo del 2011». Teixeira, el venezolano, fue rindiéndose poco a poco, batiéndose en retirada, empeñado en combatir la resignación: «Yo tenía un piso alquilado en Sagrada Família, y cuando me quedé sin trabajo tuve que dejarlo y alquilar una habitación. Tenía el paro, pero después de seis meses me quedé solo con la subvención de 400 euros, así que tuve que buscar una habitación más pequeña. Hasta el último duro traté de aguantar, pero un día me di cuenta de que tenía que regresar».
BUROCRACIA ADUANERA / Arauz, el otro boliviano, tenía que ahorrar para el billete de vuelta, para poder reunirse con sus hijos: «Dejé el piso, me fui a una habitación y empecé a alimentarme con latas: de fabada, de frijoles. Así hasta que pude viajar». Sus cosas las envió en un contenedor, vía marítima: ropa, fotos, los tres o cuatro electrodomésticos adquiridos aquí; todo lo que tenía. «Aún no he podido recuperarlo. Está en aduanas, secuestrado por la burocracia».
A todos, en general, la crisis los dejó sin trabajo, consumió sus ahorros, los abocó a encrucijadas difíciles. Pero a un inmigrante le queda siempre un último recurso: su país.
Allí, en otras condiciones, más que nada económicas, y arropados por el tejido familiar del que en España carecen, y mucho más hábiles para moverse y hacer que las cosas se muevan, todos han hallado trabajo. «Trabajo en una inmobiliaria, en la parte de ventas -dice Curti, el argentino, que vivió dos años en Palma, entre el 2010 y el 2012-. Uno vuelve y se engancha muy rápido». Teixeira, con buenos contactos, es gerente de un supermercado en Maracay, a 100 kilómetros de Caracas, y Arauz, emprendedor, ha puesto en marcha un billar en Santa Cruz. ¿Felicidad? Satisfacción: volver a adaptarse a sus costumbres, a sus ciudades, a sus amigos, a la realidad a la que habían renunciado, no fue de ningún modo sencillo. «A mí me dio duro -dice Gamba, la colombiana-. Diez años en España te cambian mucho. Lo mismo que tuve que adaptarme allá, lo mismo estoy haciendo aquí: volviendo a ser colombiana poco a poco». Hallar o no hallar trabajo no era sino parte del regreso, pues también tenían que aprender a vivir lejos del que ya consideraban su hogar; o al menos, su segundo hogar.
NI DE AQUÍ NI DE ALLÍ / «Yo, si hubiera podido, me habría quedado en Barcelona; me encanta esa ciudad», dice Bailey. «Volver -dice Teixeira- es definitivamente un paso atrás, y yo creo que lo voy a intentar de nuevo. El sueño de uno es el sueño de una mejor calidad de vida, y eso no ha cambiado». A Arauz le funciona tan bien su billar que dice que añora detalles de su vida en España, muchos, pero que ahora está bien en Bolivia. «Allá vivíamos en un piso de 60 metros cuadrados, un poco hacinados. Aquí tenemos más espacio, y nos va bien». Por teléfono, desde Bogotá, Gamba dice que no se arrepiente de haber regresado, pero que volvería: «Definitivamente volvería», dice. No es el momento, y lo sabe, y tal vez cuando lo sea ya no quiera intentarlo. Y Curti, el argentino: «Me encantaría. No es el mejor momento, pero Mallorca es mi lugar, una isla preciosa. ¡Dios! Ahí viviría yo tranquilo».
Han probado todos las mieles y los aprietos de la inmigración, y no han salido derrotados sino fortalecidos. Y transformados: ninguno dice exactamente cómo, pero todos saben que no volverán a ser lo que eran antes de aterrizar e instalarse en un país extraño. «Fue traumático -dice Bailey-, volver fue traumático porque había vivido 12 años en Barcelona y no me consideraba ya ni de Bolivia ni de España. Ahora estoy aquí y extraño Barcelona, pero resulta que cuando estaba allá extrañaba lo de aquí. Y entonces entendí que es verdad lo de que el inmigrante deja de ser de ambos lados, que no es de aquí ni de allá. Aún ahora me cuesta adaptarme a la vida boliviana».