Agosto llega a su ecuador y Catalunya estalla en fiestas. Año sí, año también, con o sin recesión, una de cada nueve localidades catalanas celebra a lo largo de esta semana sus festejos más populares. Con los ingredientes habituales de música y baile, competiciones deportivas, teatro y actuaciones folclóricas, ferias y atracciones... Y una sesión matinal de misa y procesión, para el público de toda la vida. Ya puede apretar la crisis, ya pueden recortarse los presupuestos: las fiestas mayores son irrenunciables. Hasta necesarias, se diría, tanto desde el punto de vista social y ciudadano como desde el económico y el político.
Ambiente festivo en la calle Providència, durante la fiesta mayor del barrio de Gràcia, en Barcelona. ARCHIVO / JAVIER CORSO
"La necesidad de referentes comunitarios en tiempos de crisis aumenta, porque cuando falla el Estado, solo queda la familia y la comunidad", argumenta Carles Feixa, profesor de Antropología Social en la Universitat de Lleida (UdL). Las celebraciones colectivas tienen, incluso cuando los bolsillos no están para demasiadas alegrías, una importante razón de ser anímica y social. "Por eso --prosigue Feixa-- las fiestas mayores se están reinventando: de alguna manera se está volviendo a un modelo más familiar y comunitario, con menos gasto y duración, pero con más y mejor convivencia, sobre todo entre las generaciones".
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