A mis padres no les dije nada. A los muchachos del 'Cuaderno del Domingo' les imploré que me enviasen al chárter Kabul-Damasco. Pero todo fue en vano. Tenía que viajar en Ryanair y, a ser posible, contarlo. La compañía irlandesa llevaba un mes movidito. Desde la Batalla de Inglaterra, no se habían conocido tantos sustos seguidos a bordo de un avión. Acepté, que no esta la cosa como para...
La primera dificultad, y no pequeña, fue escoger el trayecto. Tenía la sospecha de que la mitad de los destinos se encontraban en la Tierra Media o en la Costa Brava de Mordor: Bournemouth, Knock, Skelleftea, Lappenranta... Mientras escribía al notario y ordenaba mis pertenencias, leí lo que pasó en aquel avión australiano al que se le escapó un cocodrilo de la bodega y entonces lo tuve claro: Málaga. Allí lo más grande que se cría son boquerones.
Esta es la historia vivida de un pasajero de una línea 'low cost', aerolíneas que suponen el 60% de los vuelos en España. Los pasajeros opinan del servicio recibido.
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