Nuestro principal problema educativo es la desconfianza. La institución escolar ha perdido confianza en sí misma. Ni exámenes de septiembre, ni escuela diferenciada, ni autonomía, ni el material escolar, ni evaluaciones externas, ni la eficiencia docente, ni los equipos directivos, ni la fiambrera, ni tan siquiera los recortes (perdonen lo que seguro que habrá parecido un exabrupto). Duda su propia misión al mismo tiempo que a ninguna otra institución se le exigen más cosas (y más heterogéneas) que a la escuela.
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Otra manera de decir lo anterior es que el problema fundamental que le espera al sistema educativo a la vuelta de vacaciones es el mismo que dejó al irse: la realidad. Esto puede parecer de una obviedad ridícula, pero no lo es. La prueba es que la escuela catalana tiende a blindarse contra la realidad creando a su alrededor una línea Maginot de grandes ideales, lo cual le permite enjuiciarse a sí misma más por sus buenas intenciones que por sus mediocres resultados.
Los padres que estos días asistan a reuniones escolares comprobarán cómo se los recibe con una bienaventuranza de magníficas palabras, pero se les ocultará, con gran probabilidad, cuál es el índice de fracaso del centro. La realidad se nos muestra con toda su crudeza en ese 30% de alumnos condenados al fracaso escolar que proceden básicamente de familias con un entorno cultural mediocre. El niño que llega a la escuela con un vocabulario pobre, tiene muchas probabilidades de fracasar. Nuestra escuela, por lo tanto, parece incapaz de suplir las deficiencias de origen de sus alumnos. Algunos alegarán que los recortes no ayudan a combatir esta realidad. Evidentemente, no. Pero tampoco ayudaron nada los incrementos presupuestarios netos de los últimos 20 años. Este fracaso no se debe a que seamos muy exigentes, porque, de hecho, los niveles de resultados más altos están casi desiertos.
Nos encontramos además a las puertas del debate de una nueva ley orgánica de educación promovida por el ministro Wert que, sin duda, marcará las discusiones educativas del próximo curso. Si la LOGSE recogió la preeminencia de la psicología sobre la pedagogía; la nueva ley, que se nos anuncia con el nombre de
LOMCE, recoge la actual preeminencia de los economistas sobre los psicólogos. Si estos últimos quieren recuperar la iniciativa, tendrán que atreverse a mirar cara a cara a la realidad. No parece que estén por la labor.
Se adivinan tiempos duros en general y para la escuela en particular. A los profesores les exigimos que hagan más con menos. Algunos se llevan las manos a la cabeza y le dicen a la consellera que o pone más dinero, o no habrá quien tire del carro.
Es lógico que en una sociedad plural haya reacciones plurales. Pero para que sean verdaderamente plurales, en algún centro deberíamos ver colgada una pancarta bien grande con alguna inscripción de este tipo: Aquí no se aceptan excusas para el fracaso.