Ninguno de los dos informes psiquiátricos que se han hecho hasta ahora a José Bretón indica que sufra algún tipo de trastorno. Al contrario, tras examinarle, los médicos aseguraron que el padre de Ruth y José tiene una inteligencia por encima de la media y gran capacidad de manipulación, y es plenamente consciente de sus actos.
Su versión 8 Bretón, durante una reconstrucción de los hechos en el parque, en octubre. ARCHIVO / EFE
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Nunca se ha derrumbado. Durante 11 meses, este hombre de 39 años y de aspecto enclenque ha defendido su inocencia, llegando incluso, la semana pasada, a escribir una carta a su suegra en la que se hacía pasar por Ruth y pedía que dejaran libre a su «papito» para que pudiera ir a rescatarla.
Si es cierto que su estado mental es impecable, también lo es que los policías que en estos 11 meses le han tratado no esconden que se trata de una de las personas más «malignas» que han investigado. «No está loco, es perverso», añaden. El 16 de febrero, en una de las declaraciones que le tomó el juez José Luis Rodríguez Laínz, la abogada de su exesposa le fue enseñando una tras otra siete fotos de sus hijos, pidiéndole que revelara dónde estaban. Ni se inmutó. No movió un solo músculo, y volvió a demostrar la entereza psicológica que le ha permitido todos estos meses mantener a salvo su secreto.
Los investigadores de la Unidad de Delincuencia Violenta Especializada (UDEV) sabían que si Bretón no había confesado no lo haría. Y ahora más que nunca, cuando todo parece indicar que el padre asesinó y quemó a sus hijos para vengarse de su exmujer, tiene mucho sentido la última conversación entre Bretón y Ruth. Se produjo pocas horas antes de que el padre fuera detenido y cuando la policía seguía sus pasos y escuchaba sus conversaciones. «Me gustaría decirte la verdad por mí. Sueño que estoy con los niños y todos juntos otra vez. Pensar en los niños me da fuerza». Y la madre imploró: «Nuestra felicidad depende de los niños, José». Firme, respondió: «Los niños siempre estarán... y ya está. Hay que tirar para adelante. Es la ventaja que tenemos». Ruth le preguntó con suavidad: «¿Vas a traer a los niños, José?» Zanjó: «Sí, los tengo que traer. Tarde más o tarde menos...». Y colgaron.
'¿Están aquí?'
Si sorprende esa conversación, a algunos se les revuelve el estómago al recordar el comportamiento de Bretón entre el 8 de octubre, cuando desaparecieron sus hijos, y el 17, cuando fue detenido. Esa semana, la policía le asignó un investigador que se convirtió en su sombra. Debía ganarse su confianza.
La hoguera en la que presuntamente quemó a sus hijos todavía conservaba brasas la primera noche, pero Bretón mostró su preocupación por encontrar una radio en la que escuchar un partido de fútbol. Una de las noches sacó una botella de vino en mitad de una jocosa conversación en la que se ofreció a bailar, y relató con detalle sus escarceos con una prostituta. Ese policía declaró: «Cuando pasamos por encima de las cenizas de la hoguera, me paré y Bretón también. Le dije si el fuego le traía algún recuerdo, y le cambió el semblante. Segundos después agachó la cabeza. Le dije que fuera valiente, que si ya no había remedio, sí podía mitigar el dolor de muchas personas. Seguía callado, y le pregunté: '¿Están aquí en la finca los niños?'. Y él solo dijo: 'Cerca'». Estaban junto a la hoguera.