La mal llamada crisis ha golpeado todo tipo de sectores y ámbitos de la sociedad. La escuela pública no ha sido una excepción. Así se inicia un curso duro y difícil donde la supresión de maestros, el aumento de la precariedad laboral del personal interino y sustituto, el hecho de no cubrir las bajas del personal hasta el décimo día de enfermedad, el aumento de alumnos por aula, el aumento del horario lectivo de los maestros, la reducción del presupuesto de funcionamiento de los centros, deja tocada, se diga lo que se quiera, la calidad del sistema educativo. Una calidad que se ha construido a lo largo de muchos años y que, en buena parte, ha sido fruto también de la voluntad y profesionalidad de los enseñantes, unos docentes que antes que funcionarios son maestros y aman la profesión. Y por esta misma razón se sienten desanimados y maltratados.
Información publicada en la página 28 de la sección de cv Sociedad de la edición impresa del día 13 de septiembre de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Deberíamos dejarnos todos de eufemismos y decir las cosas por su nombre. Seguramente tendremos que tragarnos declaraciones de los responsables educativos del estilo de que el curso comienza con normalidad. Pero seria mejor hacer un esfuerzo de sinceridad y reconocer que se está asfixiando la escuela y que, al menos, deberíamos dejarla trabajar con tranquilidad sacándola del punto de mira a que ha sido sometida en los últimos tiempos.
La escuela de nuestro país no se merece este trato. Todos sabemos que la situación económica es muy difícil, pero hay sectores que se aguantan con equilibrios extremadamente delicados. El apoyo a un alumno con dificultades a menudo depende de esa hora de aquel maestro que queda liberado por un compañero que lo sustituye. Proyectos construidos paso a paso y con mucho esfuerzo se sustentan con aquel medio maestro de más que quizás ahora se ha suprimido. Aquel desdoblamiento de grupo, que permitía un trabajo de calidad, queda volatilizado. No nos engañemos, el curso se inicia con una gran preocupación.
Quizá más que nunca, es el momento de fortalecer los proyectos educativos y la comunidad educativa. Las familias deben jugar un papel clave en esta nueva situación que tenemos delante. Al fin y al cabo, ellas son las usuarias de este servicio público y recibirán las últimas consecuencias. También puede ser necesario recuperar antiguas formas de participación en las escuelas que permitan soportar las dificultades presentes. Toda ayuda será poca.
Ahora bien, por este camino, sin querer ser apocalíptico, podemos retroceder en la escuela de hace 30 años y eso sería imperdonable. Nuestra sociedad no lo puede permitir. Más alumnos por aula, menos maestros y menos recursos es hacer una escuela más selectiva, más jerárquica y más segregadora, muy alejada de la escuela integradora, abierta y participativa que acompaña el crecimiento personal de cada uno.