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Disfunciones psicológicas y nuevas tecnólogias

Ermitaños digitales

Algunos menores con una adicción muy acusada llegan a renunciar al mundo exterior

VÍCTOR VARGAS LLAMAS

Domingo, 20 de enero del 2013

«¡Es mi vida, dejadme! ¡No necesito nada más!» Por la desgarradora pasión con que resonó la frase podría esperarse que fuera una apología desesperada de la persona amada. Sin embargo, el destinatario de tan vehemente declaración de amor ni se inmutó. No porque el sentimiento no fuera correspondido. Es que, simplemente, el destinatario de tal arrebato era un ordenador. Con una inmensa cara de estupefacción escucharon la frase los padres de Gerard, nombre figurado de un joven de Tarragona, en una escena de la que también fue testigo Sergi Banús, psicólogo clínico infantil y juvenil y promotor de Psicodiagnosis, web de asesoramiento para padres y educadores. «Era un caso grave, pasaba el día entero en casa, conectado a internet», recuerda Banús. Y eso que era un buen estudiante, hasta el punto de que los profesores le aprobaron el último trimestre al considerar que era un «alumno con recursos» y solo atravesaba una mala racha. Pero no era así.

Ciberamigos

Cada caso es un mundo en una patología que con frecuencia se presenta como un efecto comórbido, pero en general se dan dos patrones, antagónicos, de comportamiento. Unos son muy extrovertidos, con un ansia por aumentar su círculo de ciberamigos, adquirir notoriedad y proyectar una imagen ideal de sí mismos. Otros son tímidos, «con dificultades en las relaciones sociales», que aprovechan la red para buscar un «refugio» a su medida, explica Javier Goti, psiquiatra del Hospital Clínic. De una u otra forma, a veces hay casos como el de L. M., una catalana de 17 años que fue distorsionando su horario vital, dedicando más de ocho horas diarias a la red, negándose a salir de casa, durmiendo de día, conectándose de noche. «Salvando las distancias, esos casos recuerdan a los hikikomori, los adolescentes japoneses que, hastiados de la presión exterior, se recluyen en su cuarto», afirma Banús. Situaciones más extremas que las peores registradas aquí, pero con un nexo común: los jóvenes nipones y los ermitaños digitales de occidente comparten la frustración que les lleva al aislamiento y la renuncia a la vida social, con las tecnologías como la única compañía con la que están a gusto. «Si me dejáis sin internet, me tiró por el balcón», llegó a amenazar A. A., de 16 años, a sus padres, recuerda Banús a modo de ejemplo.

Como en las demás adicciones, el primer paso es el más complicado: aceptar la patología. Con el agravante de que quien debe asumirlo es un joven, con una percepción de la realidad muchas veces alejada del rigor de un adulto. Sin embargo, puede que por la gravedad de determinados casos, algunos chicos toman la iniciativa. «Una vez vino a la consulta un muchacho enganchado a videojuegos on line, con picos de hasta 24 horas. Pero no es habitual. Suelen llegar arrastrados por sus padres», explica Susana Jiménez, jefa de la unidad de juego patológico del Hospital de Bellvitge. Para prevenir estos casos, la iniciativa debe partir de los adultos, recuerda Jiménez: «A veces se compra un móvil a un hijo sin estar convencido de que sea conveniente, pero si todos los niños de clase lo tienen, el mío no va a ser el rarito». Juanma Romero, fundador de la web Adicciones Digitales, también sugiere cautela con un caso práctico. «Un padre me preguntó qué hacer para que su hijo de 7 años no estuviera el día enganchado a la tableta que le regaló por Reyes. Obviamente -asegura Romero-, esa pregunta se la debería haber hecho un poco antes».

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