«No tiene ni donde caerse muerto». Pocas frases retratan con tanta crudeza la situación en la que un ser humano se encuentra en la miseria más absoluta, sin ingresos ni patrimonio a los que recurrir para sufragar su propio funeral. Peor aún si los familiares del difunto tampoco disponen del dinero para costear el sepelio. Y, aunque parezca imposible, el trance puede resultar incluso más lastimoso: cuando nadie reclama el cadáver y ya se ha constatado su insolvencia. Una vez se cumplen estas circunstancias, corresponde a las autoridades garantizar la máxima de que todo el mundo merece un funeral digno, por una cuestión de ética, responsabilidad y salud pública.
Algunos nichos de beneficencia junto a otros costeados por los familiares de los difuntos, en un bloque de tumbas del cementerio barcelonés de Montjuïc. DANNY CAMINAL
Información publicada en la página 30 de la sección de cv Sociedad de la edición impresa del día 01 de noviembre de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
La temida frase retumba cada vez con más frecuencia ante las asistencias sociales y los servicios funerarios de toda España, que dan fe de la dureza con la que golpea la crisis. Prueba de ello son las estadísticas de Cementiris de Barcelona, empresa coparticipada por el ayuntamiento y el Grupo Mémora que gestiona los camposantos de la capital catalana, y que ha visto cómo los entierros de beneficencia han pasado de 184 en el 2009 a 197 en el 2010 y a 233 en el 2011. En lo que va de año, 290 familias de la capital catalana ya han solicitado este servicio, acuciadas por los graves efectos de la recesión económica. Y todavía quedan dos meses para llegar al 2013, por lo que, de seguir con la media actual, la cifra rondará las 350 peticiones, consumándose un incremento que pasará del 80% en apenas cuatro años.
Las cifras de entierros de beneficencia son residuales si se comparan con los más de 16.000 servicios practicados en los últimos cuatro años en Barcelona entre inhumaciones e incineraciones, pero ilustran el drama cotidiano que lleva a cada vez más familias a pedir ayuda para que sus seres queridos tengan una despedida digna. Llegado el caso, para tramitar la ayuda basta una llamada telefónica a los servicios funerarios y la certificación de Hacienda de que se carece de rentas. También se puede canalizar a través del asistente social.
DIGNO Y AUSTERO / El difunto tendrá un entierro digno; eso sí, con la austeridad que cabe esperar, evitando todos aquellos gastos prescindibles, como tanatorio, flores y recordatorios. Los gastos, en la capital catalana, representan unos 1.150 euros, asumidos por los servicios funerarios y Cementiris de Barcelona. El precio incluye el ataúd, traslado, tanatoestética, entierro y tramitación de documentos. Será en un nicho de beneficencia, con hormigón para sellar el sepulcro, sin lápida ni nombres ni referencias que lo distingan. Siempre estará en las plantas superiores del bloque mortuorio y en zonas de difícil acceso, descartadas por quienes sí pueden pagar. Por lo demás, «el proceso es igual que en los demás funerales», dice uno de los trabajadores del cementerio de Montjuïc, que acoge todos los nichos de beneficencia de Barcelona.
CINCO AÑOS DE MARGEN / Pese a que la normativa regula que los restos pueden trasladarse al cabo de dos años si no hubo enfermedad infecciosa y si la muerte no se produjo en circunstancias que pudieran propiciar la exhumación judicial del cadáver, en Montjuïc no se mueven hasta pasados cinco años. «Es por una cuestión de dignidad, ya que solo cuando pasan esos cinco años pasa de la consideración de cadáver a la de restos cadavéricos», relata el director general de Cementiris de Barcelona, Jordi Valmaña. También para dar margen a los familiares del finado, por si consiguen recursos para proveer a su difunto de un nicho de propiedad. En caso contrario, los restos se depositan en osarios comunes, ubicados en las esquinas de bloques de nichos. Una vez allí, ya es imposible identificar los despojos.