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Nueva crisis migratoria

«No me dijeron nada de una isla. Yo creía que me llevaban a Melilla»

Los expulsados ya han regresado a Marruecos, dispuestos a volver a intentar entrar en España

Algunos de los inmigrantes desalojados de la Isla de Tierra explican que los mafiosos los engañaron

Jueves, 6 de septiembre del 2012 Imprimir Enviar esta noticia Aumentar/ Reducir texto
BEATRIZ MESA

Han vuelto, dispuestos a desafiar una vez más el frío, el hambre, la insalubridad, al riesgo de morir en el intento de saltar la valla o de ser tragados por el mar. Todo por entrar en Europa, donde dicen que hay crisis, pero donde siempre verán más razones para la esperanza que en sus países. La gran mayoría de los 73 inmigrantes subsaharianos desalojados el martes de madrugada de la Isla de Tierra, ese repentinamente famoso peñasco español frente a la costa marroquí de Alhucemas, y horas después expulsados a la desértica tierra de nadie fronteriza con Argelia, ya habían regresado ayer a Marruecos.

VUELTA A EMPEZAR 3 Subsaharianos expulsados a la desértica tierra de nadie entre Marruecos y Argelia, entre ellos algunos de los desalojados de la Isla de Tierra, regresan ayer a pie (izquierda) a la ciudad marroquí de Uxda. Ya a las afueras, un autobús (centro) les lleva al campus universitario (derecha), donde se refugian cientos de personas esperando una oportunidad de llegar a España.

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Información publicada en la página 24 de la sección de cv Sociedad de la edición impresa del día 06 de septiembre de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)

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Lo hicieron a pie, en una travesía -nocturna para muchos- que duró alrededor de cuatro horas. Desde la frontera, una decena larga de kilómetros de carretera asfaltada llevan a la ciudad de Uxda. Una vez en las afueras, un autobús acerca hasta el campus universitario, donde malviven cientos de inmigrantes subsaharianos. De ahí habían salido muchos de ellos días atrás. Y ahí fue donde este diario encontró ayer al marfileño Nasis. «Así que sois españoles. Con este reportaje ¿me podréis ayudar a salir de aquí?», dijo, aunque su gesto derrotado daba cuenta de sus escasas esperanzas.

MAFIAS COORDINADAS / Nasis afirma tener 28 años, ser padre de cuatro hijos y haber huido de Costa de Marfil porque era partidario del depuesto presidente Laurent Gbagbo. Y que se siente engañado por las redes mafiosas argelinas -en coordinación con mafias marroquís y subsaharianas- que le habían prometido sacarle de la desesperación. «En ningún momento me hablaron de una isla. Me dijeron que me llevarían desde Argelia hasta Melilla, ya en España», sostiene. Y allí iba Nasis, subido en un coche, junto con otros varios subsaharianos, pensando que tras haber desembolsado una ingente cantidad de dinero (el miedo no le permite especificar la cantidad) encontraría pronto la dignidad.

Pero no fue así. «Me llevaron por tierra directamente hasta Alhucemas, y de ahí, el pasado domingo, a la isla en una barca. Éramos 68», narra con una mezcla de sentimientos muy encontrados. Eso sí, recuerda que los dos días en la isla fueron «excitantes», porque estaba convencido de que pronto llegaría a España, aunque al mismo tiempo «duros». «La Guardia Civil nos tiraba desde la lancha bocadillos de salchichón, botellas de agua y mantas, pero no todos lograban comer o protegerse del frío. Había gente, los más fuertes, que se llevaba más de un bocadillo y no compartía», relata. Para aguantar mejor la noche y protegerse del frío húmedo de la costa, amasaban ramas y hierbas secas que encontraban en el peñón y con un mechero encendían fogatas.

RESISTENCIA / Las cosas acabaron de torcerse en la madrugada del martes. Nasis sostiene que fue uno de los pocos que se resistieron al desalojo, que en el forcejeo cayó al suelo y que acabó esposado y metido a la fuerza en una de las furgonetas de la policía marroquí que aguardaban a pocos metros de la playa. «Sí, me opuse a dejar la isla. La Guardia Civil nos dijo que nos llevarían a Melilla, pero que había que ir por tierra porque el mar estaba muy bravo, pero yo no me lo creí», explica. «Les dije a los agentes varias veces que no entendía por qué la evacuación no se podía hacer con la luz del día y la ayuda de la Cruz Roja, pero me respondían que eran órdenes. No debí bajar a la lancha», insiste con amargura. La suciedad del campus universitario de Uxda, donde duerme en el suelo, y de la ropa que no puede cambiarse desde hace meses le abruman. «¿Vuelvo a mi casa o lo intento una vez más?», se pregunta una y otra vez mientras se roza con la mano el ojo izquierdo para aliviar el dolor de un moratón.

Su compañero de refugio Ismael, congoleño, está más indignado que triste. «Las autoridades españolas nos mintieron. ¡Nos dijeron que nos evacuarían a Melilla!», se queja. Él sí conocía de antemano que su travesía para alcanzar España haría una parada en un islote, pero estaba convencido de que al tratarse de un territorio español acabaría siendo igualmente una buena puerta de entrada.

EL IMPERIO DEL MIEDO / Frederic, también del Congo, llegaba ayer por la tarde al campus universitario después de haber pasado tres días escondido en el bosque de Uxda. Él no estuvo en la Isla de Tierra: «Yo me sumé a los que saltaron la valla de Melilla el domingo, porque no sé nadar y me da mucho miedo el mar», dice el muchacho, que lleva media cara cubierta por una venda. La policía marroquí le apaleó después del intento frustrado de subir a la verja, asegura.

Las preguntas sobre las mafias quedan sin más respuesta que miradas esquivas. No solo eso: la conversación con Nasis y Fredric acaba abruptamente cuando un grupo de cuatro nigerianos, con ropas impolutas, interrumpen para hablar con sus «camaradas». «Nos tenemos que ir ya. Lo siento. No podemos seguir hablando», dice de repente Nasis, a quien la cara le ha cambiado. Se levantan y se van.

Hicham Baraka, presidente de la asociación marroquí pro derechos de los inmigrantes Beni Znasen, explica que los subsaharianos «no gozan de toda la libertad que quisieran, porque su futuro depende de la voluntad de los grupos nigerianos». Estos son los que gestionan el campamento y diseñan las estrategias de los intentos de llegar a Europa. Los amos del lugar.

El termómetro marca más de 35 grados a la sombra cuando llega a la zona universitaria otro grupo de unos 20 jóvenes de Mali, Nigeria y Costa de Marfil, cargados de precarias bolsas de plástico. Unos y otros deberán seguir esperando su oportunidad. Mientras, de vez en cuando cruzarán la frontera hacia Argelia, donde a veces encuentran algún trabajo ocasional y ahorran un poco de dinero. Cuando se tercie, tentarán una vez más a la suerte, en busca quizá de un momento de descuido de la vigilancia en el paso fronterizo alambrado de Melilla. O quizá se decidan a contactar con las mafias de las pateras. Desesperación obliga.

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