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CRÓNICA DEL APOCALIPSIS MAYA (9-12-2012, Cuaderno del Domingo)

Los mayas pronosticaron que el 21 de diciembre del 2012 el planeta llegaría al final de uno de sus ciclos. El premiado escritor mexicano y colaborador de EL PERIÓDICO se sumerge en este artículo en las claves de la profecía y concluye que, en realidad, los únicos amenazados son los indígenas de un pueblo y una cultura que hoy viven en la miseria.

El cuento del fin del mundo

Hasta la NASA ha tenido que desmentir el cataclismo, y en Rusia se vende con éxito un kit de emergencia

Pruebas débiles agitan fantasías fuertes. Pero todo parece indicar que el planeta no se acabará más de lo que se está acabando

Miércoles, 19 de diciembre del 2012 - 20:25h. Imprimir Enviar esta noticia Aumentar/ Reducir texto
por JUAN VILLORO

El turismo del Juicio Final ha abarrotado los hoteles de Guatemala y Yucatán para el 21 de diciembre. Los sibaritas de la catástrofe desean presenciar en primera fila, y con servicio a cuartos, la destrucción de todas las cosas.

Un chamán maya, durante un ritual en Quirigua (Guatemala), el pasado 21 de noviembre. AFP / JOHAN ORDÓÑEZ

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Un chamán maya, durante un ritual en Quirigua (Guatemala), el pasado 21 de noviembre.
Ritual maya en una playa de La Habana, en Cuba.
Vista del yacimiento arqueológico maya de Chichen Itza, en México.
Ruinas mayas en Yucatán, México.
Imagen de un libro maya escrito a mano del siglo XIII que se puede ver en el Museo del Libro de Dresde.
Una estela maya.

Unos se proponen alcanzar el clímax de la aniquilación y otros llegar a un promisorio más allá. Quienes creen en los atractivos de la vida eterna, asumen el apocalipsis como una oportunidad de cargarse de energía para un mejor futuro. Otros admiten la posibilidad de una afortunada mutación: mi amiga Katy quiere ser una rubia fabulosa en el más allá y mi amigo Chacho un espíritu esclarecido (como ese paraíso será menos discriminatorio que el nuestro, las alternativas no son excluyentes: ahí una rubia fabulosa podrá ser apreciada como un espíritu esclarecido).

¿Qué visos de realidad tiene el fin del mundo? El pasado mes de junio recorrí la zona maya y entrevisté a arqueólogos, restauradores y epigrafistas para el programa de televisión Piedras que hablan, que transmite la televisión cultural de México. Ningún especialista aceptó la fantasía del cataclismo.

La tradición maya habla de ciclos de regeneración. Rodeados de un ecosistema inestable, que atribuían a la conducta de deidades de caprichosa exigencia, los antiguos pobladores de la península de Yucatán y de Centroamérica trataron de pacificar el cosmos a través de sacrificios. De acuerdo con su cosmogonía, los dioses habían creado al hombre para que él los preservara: la sangre derramada en un altar alimentaba a seres sagrados que controlaban la lluvia y el decurso de los astros. En ese entorno, la ciencia era una con la religión; los conocimientos astronómicos del pueblo que inventó el 0 reforzaban una concepción divina del universo, ordenado en ruedas calendáricas.

Fin del mundo

Los mayas temían las furias atmosféricas que los castigaron con tormentas y sequías. A ellos debemos la palabra huracán, y la última página del Códice de Dresde muestra los excesos a los que es proclive la naturaleza. Esto no significa que su visión del mundo admita un punto final. Para los mayas, lo que se desintegra reaparece de otro modo. La idea de un desenlace absoluto es cristiana y tiene por máxima expresión el Apocalipsis de Juan. El anhelado reino del Señor requiere de tabula rasa, un Juicio Final. La concepción de que el destino tiene una meta definida favorece a los publicistas del último día. Nostradamus pronosticó sugerentes formas de acabar la vida con espanto y la palabra más conocida de la lengua alemana es kaput. Creer que lo peor puede pasar es una forma paradójica de valorar la existencia. Si el final del viaje está a la vista, el presente vale más.

La primera noticia que tuve del apocalipsis maya vino del escritor catalán Jordi Sierra Fabra, tan prolífico que su bibliografía debería ser catalogada por un astrónomo maya (ya llegó a los 400 títulos). En su entretenida novela El enigma maya explica que el 21 de diciembre del 2012 concluye el baktun 13, ciclo iniciado 144.000 días antes. ¿Qué sucederá en ese momento? Ajeno al tremendismo que se ha puesto de moda, Sierra Fabra opta por un venturoso encuentro del «tercer tipo» en las ruinas de Palenque.

Pruebas y fantasías

Son pocas las pruebas históricas que avalen lo que traerá el fin de esta cuenta larga. La más citada es el Monumento 6, estela hallada en la zona arqueológica de Tortuguero, Tabasco, al sureste de México. Actualmente, la pieza se encuentra en el Museo Carlos Pellicer de Villahermosa. Sus glifos señalan el término del baktun 13, pero no dicen que el 14 sea imposible (concepción ajena a la mente maya). Por desgracia, las pruebas débiles despiertan fantasías fuertes.

En clave esotérica, el mundo antiguo es un archivo que asombra y asusta. El baktun que empezó el 13 de agosto del año 3114 a. C. ha cobrado insólita actualidad y los 12 días que faltan para el 21 fatal se presentan como una cuenta atrás. No hay duda de que la cosmofobia sería menos popular sin la contribución de Hollywood, cuyos efectos especiales acaban con todo sin alterar la realidad. Los abusos que el marqués de Sade ideó para Justine son caricias en comparación con los que Nueva York ha sufrido en manos de los cineastas. Incendiada, recorrida por monstruos, ahogada bajo un tsunami, congelada por una nueva era glacial, entregada a cucarachas radiactivas, ocupada por simios, la ciudad que nunca duerme ha sido el fotogénico muladar de los profetas de los últimos días.

El aerolito que lo cambió todo

Obviamente, los espectadores que disfrutan de destrucciones mientras comen palomitas no piensan que eso pueda ocurrir en su barrio. Para eso está el tercer mundo o, más específicamente, la península de Yucatán, donde se encuentra la huella de un inmenso aerolito que cambió el clima antediluviano y contribuyó a exterminar a los dinosaurios. Un destino perfecto para el turismo terminal.

Pero los dioses mayas se han negado a apoyar la causa. Chac sigue a cargo de la lluvia, Yum Kax lucha porque el maíz no sea transgénico y los Bacabes recorren el cielo sin hallar señas ominosas. Además, Felipe Calderón, Señor de la Destrucción, ya es expresidente de México y se fue del país.
A falta de pruebas mayas, los publicistas del terror buscan ayuda en otras cosmogonías y hablan de Nibiru, planeta vagabundo que supuestamente colisionará con la Tierra. Una vez más el peligro se prestigia con un toque arcaico (Nibiru es un dios mesopotámico, lo cual lleva a suponer que dentro de unos milenios la gente se podrá asustar con un planeta bautizado como una deidad mediática del arcaico siglo XXI: Rihanna o Cristiano Ronaldo).

Curiosamente, la conmoción ha afectado a los dos países que en otro tiempo disputaron la supremacía del espacio exterior. Uno pensaría que las potencias que pusieron en órbita a cosmonautas y astronautas son menos supersticiosas sobre lo que ocurre allá afuera. Sin embargo, Rusia ha sido presa del pánico y un kit de emergencia se vende como pan caliente (incluye una botella de vodka, fósforos y una libreta para describir cómo se acabó el mundo). Por su parte, Estados Unidos ha sucumbido a tal vértigo de la incertidumbre que la NASA ha tenido que informar de que el universo es el mismo de siempre. Las inscripciones mayas se han descifrado casi en su totalidad y ninguna dice: «Houston, tenemos un problema».

El verdadero apocalipsis

Todo parece indicar que el 21 de diciembre el mundo no se acabará más de lo que se está acabando. El verdadero apocalipsis maya es el que padecen los herederos de quienes construyeron las pirámides. José Huchim, uno de los pocos arqueólogos de origen maya, que trabaja en la zona de Chichén Itzá, me dijo en junio pasado: «Estas piedras solo se entenderán cuando las interpreten los mayas». La falta de acceso a la educación aparta a los pobladores de la zona de los mensajes de sus ancestros.

En enero de 1994, la insurrección zapatista en Chiapas llamó a incluir a los indígenas en el desarrollo. El levantamiento señaló que, mientras se firmaba un Tratado de Libre Comercio con EEUU y Canadá, los pueblos indios vivían en la miseria. Esa causa no ha obtenido respuesta. Dentro de dos años se cumplirá otra cuenta calendárica, un katún, 20 años de lucha contra la exclusión y la injusticia.

A propuesta del subcomandante Marcos, las discusiones entre el Gobierno y el Ejército Zapatista ocurrieron en una cancha de baloncesto. Aunque el escenario parecía inocuo, se trataba de la representación contemporánea del juego de pelota, deporte ritual del mundo maya que sintetiza la dualidad del universo. El resultado del diálogo fueron los Acuerdos de San Andrés, que garantizan la autonomía cultural de las comunidades indígenas. Firmados el 16 de febrero de 1996, no se convirtieron en ley ni entraron en vigor.

El juego de la pelota

En el Popol-Vuh, libro sagrado de los mayas quichés, los hombres deciden su destino cósmico en el juego de pelota. Ante las canastas de baloncesto, los zapatistas buscaron decidir su destino histórico. El auténtico desafío no es el fin de la Tierra sino de una cultura. Quienes aún hablan maya viven un apocalipsis cotidiano. Venerados como piezas de museo, carecen de presente. Mito de la creación, el Popol-Vuh expresó el enigma del comienzo: «Este es el relato de cómo todo estaba en suspenso, todo en calma, en silencio; todo inmóvil, tranquilo, y los espacios celestes estaban vacíos». Los mayas del periodo clásico son historia. Los mayas actuales no tienen historia. El apocalipsis no es lo que puede ocurrir, sino lo que debe terminar.

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