Qué bonito ese abrazo entre dos amigas a las puertas del colegio Santa Isabel, en la zona alta de Barcelona. Quizás no se veían desde julio, cuando coincidieron en un campamento de verano, cuando quedaron para ir a la bolera. Y cuántas cosas traen de las vacaciones. Necesitarán muchas tardes de cotilleo en la portería de casa para ponerse al día. Es lo bueno de volver a clase, el reencuentro con los compañeros de clase, el notarse un año mayor. Cuando las escuelas suben la persiana, la liturgia de la mañana recupera su cauce. Y si los pequeños retozan entre pupitres, los padres se desesperan al volante. La vuelta al cole es también la vuelta al intenso tráfico.
Información publicada en la página 29 de la sección de cv Sociedad de la edición impresa del día 13 de septiembre de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Sarrià-Sant Gervasi es el distrito de Europa con una mayor concentración de escuelas. Tratándose, además, de la zona pudiente de la ciudad, la ecuación da como resultado unas familias que todavía recurren en gran medida al vehículo particular.
Parece mentira que a estas alturas todavía queden padres que se desesperan viendo cómo el semáforo pasa del verde al rojo y del rojo al verde, y ellos, en cambio se quedan igual de pálidos, inmóviles en sus vehículos porque cien metros más allá, en la travesía, hay una barrera infranqueable de coches que vienen de los túneles de Vallvidrera. La calle de Vergós es la Quinta Avenida de la movilidad de esta parte del barrio. De ella depende que el resto de vías fluyan mejor o peor. Su confluencia con Via Augusta, en la plaza de Oriente, es uno de los puntos más calientes de la ciudad. Añadan las novedades que ha generado la red ortogonal de autobuses, modificando sentidos de circulación y prohibiendo giros ya adosados al ADN del conductor habitual.
«¡¡Tira, hombre, tira!!», le grita un repeinado hombre de unos 40 años a una mujer que a duras penas acierta a poner la primera de su diminuto pero coqueto utilitario. Sus niños se abrazan en clase. Y ellos se maldicen en el asfalto.
Para apagar fuegos, media docena de policías se encargan de arengar a los tramposos y desperezar a los despistados. Pito en boca -innegable su capacidad torácica tras expresarse con el silbato durante toda la hora punta-, van poniendo a todo el mundo en su sitio.
El lenguaje del silbato
«¡¡Piii, piripiiiipiiii. Pi!!». Algo así basta para que un todoterreno de tamaño bíblico frene en seco y su conductor se esconda tras el volante de piel. Un pitido continuado y armónico es el habitual para dar paso y meter prisa. Uno intermitente siempre es una señal de alarma o de bronca. Para los casos extremos, incluso se quitan el aparato de la boca y sueltan palabras. «Señora, ¿no se ha fijado en el semáforo?». «Señor, ¿no ve que la flecha indica hacia la izquierda? Pues a la izquierda, pero ya mismo».
El principal dilema en esta zona es la prioridad de paso. Via Augusta necesita cierta fluidez para dar cobertura a la serpiente que baja del Vallès. Pero Vergós también precisa agilidad para dar cabida a los que vienen del mar. ¿Dónde colocar el límite? Aunque la sensación fue que el caos fue inferior a otros años, la reflexión quizás debería ir por otros derroteros: ¿es el vehículo privado la mejor opción para llevar al peque al cole?