hay una pequeña terraza entre las dos fuentes gemelas de la plaza de Catalunya, en Barcelona, cuyo interés turístico aumenta sensiblemente en los días de calor. Los visitantes le dan habitualmente el uso de atalaya fotográfica, bien para procurarse una panorámica de toda la plaza, bien para llevarse a casa una imagen líquida de la ciudad, pero en jornadas caniculares como la de ayer tiene el atractivo agregado de ser sencillamente un lugar húmedo: no solo porque cualquiera puede remojarse la cara, que se hace, sino porque basta pararse allí y esperar a que el viento sople a favor y dejarse salpicar. Es una especie de llovizna.
Información publicada en la página 2 de la sección de Tema del día de la edición impresa del día 11 de agosto de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
CHAPUZÓN EN SANT FELIP NERI / Alrededor de las fuentes refresca, baja la temperatura. Tal vez la jornada no era al fin y al cabo tan cálida o tal vez la gente tiene cada vez más decoro o no tiene naturalidad y por eso no ocurrió que se tiraran en masa donde la ciudad prohíbe hacerlo, pero con 30 grados una fuente es una fuente y hay poco más que hablar: es mujer, y aparece, terriblemente atractiva. De los grupos de turistas que pasaban por la plaza de Sant Felip Neri, por ejemplo, se desprendía siempre alguno que con el agua de la fuente se mojaba, que exclamaba en su lengua que hacía mucho calor o maldecía la temperatura; y una vez uno que la cabeza la sumergió hasta el fondo, sin importarle nada, que la sacó primero y la sacudió después con un mismo grito de placer:
«¡Qué maravilla, carajo!».
Un mexicano.
Fue un día, como se predijo, caluroso. El termómetro llegó a los 41,8 grados en Seròs, en el Segrià, y marcó no solo el récord del verano sino la temperatura más elevada del último lustro en Catalunya. Las condiciones eran propicias para, en general, el agua: el agua en fuentes y el agua embotellada y el agua salada, de mar, y el agua de piscina, con cloro. Si Catalunya tuviera un rostro lo habría tenido cubierto de sudor, y si tuviera medios se habría bañado.
Una piscina: la infantil de la Torre de les Aïgues, en Barcelona, también llamada Platja de L'Eixample porque tiene arena y un cierto aire tropical. A juzgar por las sonrisas y por los gritos y el frenesí jubiloso, los niños pensaban: «carajo, qué maravilla», o lo que piensen con sus palabras. Era mediodía y era el momento álgido, de más calor. «Se desahogan, están al fresco y luego duermen muy bien», resumía Iris Carrión, que tenía dos pequeños a su cargo. Había más que todo madres con sus hijos, y algún padre, y cochecitos aparcados en fila. Capacidad -se leía en la entrada- 375 personas; parecía que las hubiera. «Bueno, también es que ha venido un casal, lo cual en agosto es muy raro», decía el responsable.
LA VENTA DE BOTELLAS / Cualquiera que se hubiera tomado el trabajo de contar las botellas de plástico enarboladas, inclinadas hasta ser vaciadas, sacadas de los bolsos y vueltas a guardar, habría llegado a la conclusión de que la venta de agua embotellada, como la temperatura en Seròs, había roto algún récord, nacional u olímpico, porque, si no cada uno, cada familia al menos iba con la suya («Hay que comprar agua», dijo alguien, seguro, en algún momento); pero luego los que saben decían que no, o que no era para tanto. «¿Hoy? Mire, hasta ahora he vendido seis cajas de 24 botellas de medio litro», explicaba Montse López, en la caseta estratégicamente ubicada al comienzo de la Rambla. Ciento cuarenta y cuatro botellas. Pero luego Montse decía que parecía, sí, pero que no era demasiado, que ni siquiera era un gran día. Que el miércoles había vendido más. Que la crisis. Que los turistas no tienen ni dinero. Que en otros sitios son más baratas.
Eso no lo dijo.
Si Catalunya tuviera un rostro lo habría tenido cubierto de sudor, y si el agua fuera un propósito o el final de un viaje la imagen sería la de los bañistas en el metro, en la línea 4, saturando los vagones, peregrinando hacia nada menos que una tierra prometida. De lejos la playa fulguraba, como los oasis en el desierto, y no importaba que fueran justamente «las horas centrales del día», que fuera precisamente una hora «entre el mediodía y las cuatro de la tarde», que era cuando, según la voz de la megafonía, era mejor no estar allí: era el día de los kamikazes y había cientos de personas al sol. Y cientos en el mar. Y cientos en las duchas.
Porque las playas rebosaban. Sobra decirlo.
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