Puede sonar a tópico, pero es cierto que los castillos humanos de Catalunya nunca habían tenido el conocimiento y el reconocimiento que tienen después de 210 años de historia. Ya no es el hecho de superar metas imposibles y de culminar cada semana «la mejor actuación de la historia». Hoy nadie discute a los castells el papel representativo de todo el país y sus valores han escalado a la globalidad para ser adoptados en cualquier rincón del mundo. La proclamación por la Unesco, hace dos años, de los castells como Patrimonio de la Humanidad no fue una casualidad en la consolidación universal de un hecho nacido de la cultura popular y que continúa negándose a las definiciones que lo puedan limitar.
Información publicada en la página 4 de la sección de Tema del día de la edición impresa del día 06 de octubre de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Los castellers son contrarios a homologar su actividad dentro de parámetros convencionales, y por eso se convierten en irresolubles debates como los de deporte o tradición, rivalidad o hermandad o competición o fiesta. «Los castells son castells», suele ser la conclusión para huir de la polémica, y en todo caso es más aconsejable aceptar conceptos que negarlos. Los castells son castells porque suman tradición, deporte, rivalidad, hermandad, competición, fiesta... Esto es lo que los hace únicos.
Y en este conglomerado se suman los sentimientos más positivos del conjunto. Cuando la sociedad reivindica, más que nunca, valores colectivos, los castells los ofrecen en abundancia y diversidad, desde los simbólicos a los materiales, desde los estéticos a los educativos y convivenciales. Y, precisamente, estos valores son los que el mundo ha descubierto más allá de la espectacularidad de las torres humanas. En Chile o en China se están consolidando grupos que no se han movido por mimetismo o por ganas de exhibir una actividad pintoresca y divertida; no, su realidad surge de proyectos sociales que ven en los castells una excusa formidable para educar, establecer relaciones intergeneracionales, trabajar la solidaridad, la integración, el esfuerzo colectivo, el trabajo de equipo. Culturas muy diferentes de la nuestra han importado los castells catalanes para absorber valores y aplicarlos a la integración de los jóvenes en áreas marginales de Santiago o a la actividad social de los trabajadores de una colonia textil en Hangzhou. Unos y otros, apadrinados por los dos grupos más potentes de Catalunya, lo que garantiza la patente catalana de esta exportación castellera por si alguien veía en ello peligros de pérdida de la identidad.
El concurso de castells de Tarragona es la gran fiesta de todo el mundo casteller, una fiesta que este año, en dos jornadas, convoca a más grupos que nunca. La expectación internacional, traducida en medios de comunicación acreditados, que ha convocado confirma esta dimensión universal que los castells catalanes están consiguiendo y de la que Catalunya y sus medios deberían ser más conscientes.