Vivir en un barco. Privilegio de unos pocos. Una dorada recién pescada, una botella de vino bien frío y la compañía de un buen amigo, en la fresca nocturna y en la cubierta de un barco. Esa es una de las postales de la vida sobre el mar que guarda en su memoria Toni Lencina, un saxofonista barcelonés que ha vivido un año y medio en los 13,5 metros de eslora de una embarcación anclada en Port Ginesta (Sitges). «Me acababa de separar y un amigo me ofreció su barco para instalarme. Me salía mucho más barato que el alquiler de un piso. Por 300 euros al mes, he vivido una experiencia fabulosa», asegura. Claro que, sobre el mar, invierno y verano no tienen el mismo color. «Alguna noche tuve que dormir en forma de ese, mi cuerpo debía esquivar una olla y un cubo en el que recogía el agua de las goteras. En noches de tormenta, es difícil conciliar el sueño, oyes ruidos tremendos», explica. «Pero el balance es muy positivo. Llegaba de Barcelona con el coche y, en la barrera que da entrada a Port Ginesta, encendía un cigarrillo, me desabrochaba el cinturón de seguridad y respiraba. Entraba en otro mundo, todo lo que ahora añoro».
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