Las banderas en la playa van camino de adoptar la categoría de señal que nadie ve: como los carteles que indican que ciertas sillas son para los ancianos, por ejemplo, o como algunas señales de tráfico. «¿Banderas? ¿Qué banderas?», dice alguien, en algún momento, en algún rectángulo de arena. Que esa, con variaciones, sea la respuesta recurrente de los bañistas de Barcelona a la pregunta de si atienden al color de los pequeños pabellones triangulares, de los que en algún momento y circunstancia puede depender su vida, es síntoma del poco aprecio que se les tiene. ¿Alguien busca la bandera en cuanto llega a la playa, alguien toma decisiones, alguien renuncia al baño según el color que ondea? Pocos.
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