«No puedo irme, todo lo que tengo está a mi alrededor y ¡mira cuántas mantas para taparme! Estoy mejor aquí». Esta fue la contestación de Pedro, un sintecho rumano de 52 años, cuando los servicios sociales del Ayuntamiento de Barcelona intentaron llevárselo la noche del miércoles a uno de los albergues de la operación Frío. La lluvia no cesaba y las temperaturas cada vez eran más bajas, aun así, los homeless continuaban en la calle con sus escasas pertenencias y pidiendo, según Pedro, «algo de dinero para beber una cerveza y entrar en calor».
Información publicada en la página 5 de la sección de Tema del día de la edición impresa del día 03 de febrero de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
El rumano prefirió quedarse en la calle esperando sus cuatro euros diarios de limosna, que ocupar una plaza en la casa de acogida, aunque una de las voluntarias intentó convencerle de que lo mejor que podía hacer era irse con ellos advirtiéndole de que por la noche nevaría. Pero Pedro lo tenía muy claro: «¿Para qué dormir dos noches resguardado si después volveré a estar en la calle? Mejor no acostumbrarme a lo bueno. Además tengo que proteger todas mis cosas».
Constantemente señalaba sus mantas y empuñaba una bolsa llena de calcetines dando a entender que no le hacía falta nada más y, acto seguido, mostraba sus cicatrices y sus dedos amputados, heridas causadas en peleas con otros indigentes para defender sus pocas pertenencias. Pedro llegó a Barcelona en busca de un futuro mejor que no ha hallado. Lleva tres años durmiendo en las calles del Born. Como él, muchos otros en sus mismas condiciones rechazaron la oferta de los servicios sociales.
De 209 actuaciones previstas en la operación Frío para resguardar a los sintecho de Barcelona, solo la mitad, 103, accedieron a acogerse a la oferta. La caída en picado de las temperaturas activó el protocolo municipal de protección de indigentes, pero las expectativas del plan fueron mucho más altas que los resultados finales. Se añadieron 150 camas en los centros de acogida nocturna hasta sumar un total de 1.450 plazas. La teniente de alcalde Maite Fandos había recordado a primera hora de la tarde del miércoles que si esas camas adicionales eran insuficientes, el ayuntamiento dispone de un convenio con distintas pensiones y hoteles de la ciudad para cubrir las necesidades. No hizo falta.
Mateo, de 49 años, también rumano, fue uno de los sintecho que accedieron a abandonar la calle y subieron al furgón de la Cruz Roja. Mateo sí fue fácil de convencer. Solo hace un año que abandonó Rumanía. Desde entonces mendiga en Barcelona. Solo dispone de un saco de dormir, por este motivo convencerlo de ir al albergue fue más sencillo. Mateo se mostraba confiado con los voluntarios de la Cruz Roja, a la vez que agradecido. No paraba de repetir: «Al menos esta noche dormiré calentito».
Por el contrario, Guzmán, senegalés, no fue tan receptivo con los agentes de la operación Frío. Estaba tenso, en alguna ocasión incluso violento. Desconfiaba de los educadores sociales. Temía que los voluntarios en realidad tuviesen algo que ver con la policía. Aunque no fue fácil ni rápido, finalmente le acabaron convenciendo para que fuese con ellos.
Una de las educadoras sociales aclaró que la reacción de Guzmán era completamente normal. «Como nadie los trata bien, tienen miedo de venir con nosotros y que les hagamos daño. Ya no confían en nadie», informó. La voluntaria, dotada de una exquisita paciencia con las personas a las que tenía que ayudar y de una no menos notoria habilidad para capear con los momentos de tensión, consideró que la noticia no era que unos pocos sintecho durmiesen una noche resguardados de las gélidas temperaturas, sino que lo alarmante es la cantidad de personas que viven en condiciones infrahumanas en las calles de Barcelona, haga frío o calor.
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