«El primer día eran solo 30 niños», recuerda un profesor a las puertas del instituto Lluís Vives de Valencia. «Con un poco de mano izquierda se habría solucionado», asegura. Sin embargo, la bola de nieve se hizo cada vez más grande, más peligrosa. «La situación se descontroló», admitió ayer por primera vez la delegada de Gobierno, Paula Sánchez de León, tras cuatro jornadas de espontáneas manifestaciones, duras cargas policiales y al menos 42 detenidos, casi la mitad de ellos menores de edad.
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Ayer, sin embargo, ya no eran 30 niños. Eran miles de personas que tomaron el corazón de Valencia para protestar por las «brutales y desproporcionadas» actuaciones de los antidisturbios en los días precedentes. Lo hicieron armados con libros, desde el Manifiesto Comunista, de Marx y Engels, hasta el manual de nivel intermedio de Alemán o algunas obras de Saramago, Spinoza o Herman Hesse. «Estas son nuestras armas», gritaban los jóvenes.
El número de manifestantes se había multiplicado ayer por cien en la primavera valenciana, un movimiento que nació casi por casualidad hace una semana y que ha llegado a convertirse en trending topic mundial en Twitter por la dureza de los vídeos y fotografías que han circulado por la red. «Las imágenes de la policía nos han retraído a 40 años atrás, un tiempo que creíamos superado», apunta uno de los padres. «No es agradable ver cómo tu hijo llega a casa con cardenales», añade.
Ayer, sin embargo, el ambiente fue casi festivo. Fue un día masivo en la primavera valenciana, pero también el más tranquilo. No hubo tensión ni violencia. Ni heridos, ni detenidos. Por primera vez no aparecieron los antidisturbios en primera fila. De hecho, la escasa policía que se dejó ver entre los estudiantes se dedicó cortar las calles y desviar el tráfico para que la manifestación discurriera sin incidentes. No se repitieron las escenas de pánico y descontrol por el centro de la ciudad.
Los universitarios, que partieron desde la facultad de Historia, recorrieron pacíficamente el kilómetro que separa el campus universitario para unirse a los estudiantes del instituto de secundaria Lluís Vives, epicentro estos días de las movilizaciones. Allí cortaron el tráfico en la céntrica calle Xàtiva y se dirigieron a la plaza del Ayuntamiento. Muchos pitos, cánticos muy originales contra el Gobierno, pero ningún enfrentamiento. Solo un helicóptero que sobrevolaba la ciudad se llevaba los reproches burlones de los estudiantes.
Sin embargo, los recuerdos de los días anteriores no eran tan agradables. Todo empezó con una pequeña manifestación de un grupo de estudiantes del Lluís Vives como queja por los recortes en educación. «Sólo queríamos cortar el tráfico un minuto», recuerda Aída, de 17 años, estudiante de 2º de Bachillerato. «Pero nada más sentarnos, nos arrastraron y nos trataron como a salvajes. El primer detenido, Andreu, iba a mi clase y lo dejaron inconsciente», relata. «Los antidisturbios entraron como un elefante en una cacharrería», añade un padre.
Fue el detonante definitivo que hizo estallar la primavera valenciana. La comunidad no solo ha sufrido en los últimos meses recortes en educación, sino que ha visto cómo algunos centros se quedaban sin dinero para pagar la calefacción, la luz o las fotocopias de los exámenes. Hay, incluso, algunos centros a los que los padres acuden los sábados para hacer las labores de limpieza.
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