El Periódico

RELACIONES FAMILIARES / Análisis

Aprendizaje inverso

Domingo, 14 de abril del 2013

Una madre y su hija comparten su experiencia tecnológica ante el ordenador.

Hace unos años una compañía telefónica argentina lanzó un anuncio televisivo en el que un padre empequeñecido alzaba los ojos hacia un enorme sofá ocupado por un niño preadolescente. El diminuto padre iba preguntando sus dudas sobre el funcionamiento de internet a su hijo, entronizado en el sofá como cabeza de familia. El diminuto padre hacía preguntas titubeantes mientras el hijo respondía con seguridad y paciencia. Esta situación de aprendizaje inverso, donde son los hijos quienes instruyen a los padres, empieza a ser palpable y significativa en nuestra vida cotidiana y en el interior de las familias.

Un reciente informe señala a los hijos como el motor tecnológico de los hogares. Los hijos fuerzan la demanda de nuevos aparatos y tabletas que hay que ir comprando con el tiempo. Pero a la vez son la garantía que tienen los hogares para estar actualizados en el consumo de aplicaciones y posibilidades gratuitas que ofrece internet. Actúan como fuerza de consumo y a la vez como nativos digitales que enseñan y descubren a sus padres nuevas soluciones y contenidos. Pero el aprendizaje inverso se extiende, más allá de la esfera digital, a otros ámbitos aunque son más invisibles e inadvertidos.

Pautas, valores y conocimientos que los adultos creen tener fijados como inamovibles se hacen cada vez más maleables y corregidos por la influencia de los hijos. Hijos que explican a sus padres qué es y qué supone la nanotecnología, la ingeniería genética o La política de Aristóteles. Hijos que convencen al hogar de la importancia del reciclaje de residuos, de los efectos nocivos del tabaco en la salud o de la barbarie que supone el maltrato animal. Hijos que aprenden contenidos, valores y pautas nuevas en la escuela, en el instituto o en su entorno y que hacen cambiar rutinas y convicciones de sus progenitores. Son aprendizajes invisibles pero que, agregados, contribuyen al cambio y al progreso moral cotidiano desde unas relaciones intergeneracionales abiertas y cooperativas.

El aprendizaje inverso entre hijos y padres se hace posible gracias al modelo vigente de familia «negociadora» que permite una relación más dialogada, horizontal y expresiva entre padres e hijos. Es un modelo de familia que pivota en torno a la cohesión afectiva y emocional, permitiendo a la vez la individualidad autónoma de sus miembros.

Su opuesto es el modelo de familia «patriarcal», autoritaria y de respeto extremo que subyugaba la individualidad a fin de perpetuar la tradición. Algunos lectores de edad recordarán haber tratado de usted a sus padres o el riesgo que suponía desobedecerles. Bajo el actual modelo hegemónico de familia «negociadora», el aprendizaje inverso entre hijos y padres es mucho más factible, recurrente y hasta normalizado. Acaba siendo un ingrediente más del buen clima, cohesión y bienestar familiar.

Los hijos no son solo el motor tecnológico de los hogares, también son el motor que irradia aprendizaje y ganas de aprender en los hogares. Insertados, nos guste o no, en plena sociedad del conocimiento, nos conviene impulsar la educación expandida y el aprendizaje permanente desde lo cotidiano y desde las familias. La escuela como institución no es el único agente distribuidor de conocimiento y aprendizaje, aunque seguirá siendo el referente curricular oficial. Hoy en día, el aprendizaje se adquiere las 24 horas del día y todos los días del año a través de las redes personales, de las redes digitales, de la vida cotidiana y de la vida familiar.

Para impulsar la educación expandida convendría dar mayor protagonismo a la infancia y la adolescencia, reconociendo su voz, su crítica y su creatividad. Iniciativas como la ciudad de los niños de Franco Tonucci, los consejos locales de infancia y adolescencia y los «barrios educadores» deberían recibir un impulso más decidido y explícito por parte de la misma sociedad, los medios de comunicación y los poderes públicos. Son iniciativas valiosas para fortalecer las relaciones comunitarias y de confianza mutua en nuestros barrios y ciudades. Permiten rehacer la vida democrática desde la base, de abajo a arriba, desde y para las nuevas generaciones. Buena falta nos hace.

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