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Pequeños gestos, grandes cambios

La campeona paralímpica Teresa Perales y la estudiante Julia Payeras han viajada a la India para conocer a las mujeres que se benefician de los proyectos de la Fundación Vicente Ferrer

La periodista Ana Pastor las ha acompañado para relatar la experiencia

Martes, 11 de diciembre del 2012 - 10:04h. Imprimir Enviar esta noticia Aumentar/ Reducir texto
ANA PASTOR

Pero ¡¿cómo has llegado hasta aquí?! Abren los ojos incrédulas al escuchar el relato de su presencia, las horas de avión, los caminos recorridos... Pero es en el momento en el que Sheeba finaliza la traducción cuando somos capaces de escuchar las sonrisas. Aún no pueden creer que esa mujer morena de sonrisa irresistible haya conseguido 22 medallas, y nada menos que nadando. Sus miradas se posan en las piernas de Teresa Perales cuando oyen la palabra piscina. Están sentadas en el suelo tejiendo telas en forma de rosa e interrumpen su minuciosa labor para regalarle un largo aplauso. Algunas comparten con ella ese dolor silencioso, pero la lotería de la vida las ha situado en un país en el que es una desgracia más y no un reto, como en el caso de Teresa. Ella pone el freno a las ruedas de su silla y de un brinco se sienta en el suelo para poder estar más cerca de estas mujeres valientes a quienes la vida ha castigado por partida triple. Son mujeres, son 'dálits' (la casta más baja en la India) y sufren algún tipo de discapacidad. Sin embargo, son las tres razones por las que ahora tienen un trabajo en estos talleres en los que la banda sonora de fondo son las clásicas máquinas de coser Singer de la sala contigua. La nueva y modesta labor ofrece a estas mujeres una salida económica, pero a la vez redignifica sus vidas, su posición social en la familia y en sus pueblos. Pequeños gestos, grandes cambios.

Ana Pastor, Teresa Perales y Julia Payeras, con Sheeba, la intérprete, visitan un colegio para conocer el proyecto Bicicletas para niñas. SOFÍA MORO

TERESA HA ABIERTO LA MOCHILA que lleva colgada en la parte trasera de la silla durante todo el viaje para sacar unos guantes grises. Los caminos de Gunjepalli (Bathalapalli, sur de la India) están llenos de barro después de tres días de lluvia monzónica y las ruedas se atascan, pero no consiguen frenarla. Con las manos ahora protegidas ha decidido meterse por uno de los senderos, a pesar de que, a primera vista, parecía imposible avanzar. Pero ahí está. No quiere perderse el recibimiento que le han preparado. Desde la distancia se observa un impresionante destello de colores que, unos metros más allá, se convierte en un fila de mujeres menudas con las manos juntas cerca del pecho y pequeñas flores dentro de ellas. La comitiva la encabeza Lakshminarsamma. Teresa y ella están a punto de conocerse. Son socias, con una inversión de solo 9 euros, en uno de los proyectos de la Fundación Vicente Ferrer, pero aún no han podido abrazarse. Lakshminarsamma ha elegido un sari rosa y azul que solo compite en intensidad con su penetrante y, a ratos, entristecida mirada. Tiene las manos apoyadas en dos sencillas muletas que sujetan un cuerpo herido por un desgraciado accidente laboral. Estaba ordeñando su vaca, su tesoro, y un toro se le echó encima y le aplastó la pierna izquierda. Un curandero trató de quitarle el dolor, pero le provocó tales heridas que acabó siendo trasladada al hospital más cercano, donde tuvieron que amputarle la pierna. Otra herida de guerra doméstica en su intensa vida. La casaron cuando apenas había llegado a los 18 años y es madre de tres hijos, dos chicas y un chico, que ahora se encargan de una parte de las tareas de la casa, como traer agua cada día. Pero algo ha cambiado: todos ellos estudian, proceso impensable hace años en aldeas como la suya.

Lakshminarsamma tiene 41 años, aunque, como otras mujeres en la India, duda durante unos segundos cuando le preguntamos su edad. Algunas hacen el cálculo desde la fecha de su matrimonio, signo evidente de discrimación que marca el inicio de su verdadera vida y que bien puede ser la infancia. Son todavía muchas las mujeres que son casadas cuando tienen 8 o 10 años. Teresa quiere saber más y más, así que decide ir a conocer la casa de su socia, que está aquí al lado. El marido ha construido una suerte de andador con ramas de árbol en uno de los laterales. Así puede empezar a practicar con la pierna ortopédica que acaba de conseguir. Aún no aguanta con ella muchas horas. No habla de dolor, pero su rostro lo refleja cuando explica esta nueva rutina. En todo este tiempo, Lakshminarsamma no ha estado sola. Gran parte de lo que ha conseguido se lo debe también a sus compañeras de 'sangham', grupos de mujeres, asociaciones que se están reproduciendo de manera prodigiosa en las zonas rurales y remotas de la India. Allí escuchan, proponen, comparten, actúan, financian a quien lo necesita... Son el nuevo soporte de una sociedad que las ha despreciado y que ahora las necesita para avanzar.

El nivel de debate en las reuniones es de una intensidad apabullante. Todas piden la palabra. Suelen ser unas 10 o 12 mujeres en cada grupo, dos de las cuales ejercen de líderes, lo que significa que ordenan las intervenciones, recuerdan temas pendientes y revisan las cuentas. Pero hoy han cambiado el paso y quieren preguntar. Quieren saber sobre España y sobre nuestras vidas, nuestros maridos, si las familias están obligadas a pagar dote en las bodas y hasta cuánto cuesta un kilo de cordero en Madrid, algo que ninguno de los españoles sabemos responder en ese momento. Las tímidas risas se mezclan con algunas de nuestras respuestas, que les parecen marcianas. Teresa toma la palabra y el silencio se impone de manera abrupta. Todas quieren escuchar la historia de esta joven que se niega de nuevo a hablar desde la silla mientras el resto está en el suelo formando un círculo. Sin previo aviso, salta y se sienta junto a su socia. Desde ese momento, la conversación tendrá lugar con las manos de ambas entrelazadas. Teresa les cuenta sin gran entusiasmo y con grandes dosis de humildad “lo de las 22 medallas”, pero empieza a ofrecer detalles minuciosos cuando toca hablar de su niño, Nano. Tiene 2 años y es su verdadero trofeo. Una de las mujeres la interrumpe: “¿Y con quién está ahora mismo?” “¡Con el padre!”, responde Teresa divertida, y ellas aplauden eso que parece un progreso del que aún no disfrutan. Pero empiezan a abrir otros caminos. En este sangham han conseguido tierras a nombre de las 52 mujeres del pueblo, algo histórico. Orgullosas, muchas nos muestran el rótulo que decora la entrada de esas sencillas cuatro paredes. Pequeños gestos, grandes cambios.

CUANDO SALIMOS DEL PUEBLO, la conversación sobre lo vivido se prolonga en el coche. Teresa manda un mensaje a su marido para recibir información sobre el pequeño Nano. Y mientras teclea nos cuenta lo “fácil” que ha sido para ella la maternidad después de haber escuchado tantas historias estos días. No se detiene demasiado en la falta de movilidad de sus piernas y escoge detalles corrientes para explicar su embarazo y parto. Por lo general, es una mujer de pocas quejas. Ni siquiera cuando hablamos de aguantar sin ir al baño durante horas y horas en un viaje como este porque no hay tazas en kilómetros a la redonda y ella en las letrinas excavadas en el suelo no se sostiene. Tampoco se queja cuando relata que cree que los mosquitos y las hormigas le han acribillado las piernas en este atardecer porque no las siente. Solo se recompone con cierta rabia en el asiento trasero cuando le cuenta a la universitaria Julia Payeras, de 18 años, que viaja también para conocer a su socia, las diferencias entre los Juegos Olímpicos y los Paralímpicos. Seis medallas de Teresa, incluyendo varios oros, le reportan la misma cantidad de dinero que la mitad de una sola medalla de plata a un deportista olímpico. Su esfuerzo es mayor, es evidente, pero no lo es la repercusión de ese trabajo. Tiene el mejor palmarés de todos los tiempos que solo iguala el estadounidese Michael Phelps, a buen seguro millonario tras estos logros. Ella no lo critica, sino que admira a este increíble atleta porque “también sufre y trabaja para conseguir esas medallas”. Mientras asoma la cabeza por la ventana, añade: “Y con lo que acabamos de escuchar en el 'sangham', estoy yo para quejarme”.

Una hora más tarde, su mirada volverá a encenderse al escuchar otros testimonios, más duros si cabe. Doreen, que lleva años y años trabajando con mujeres en riesgo de exclusión social, pide a tres de ellas que nos cuenten su historia. La sala apenas tiene luz y fuera se está haciendo de noche. En todas ellas se aprecia el mismo mecanismo para afrontar el relato de este doloroso cuento: la mirada fija en el suelo, puños en tensión sobre las piernas e incluso algunas lágrimas por los terribles recuerdos. Una, la más joven, nos cuenta que cuando se casó no pensó que su vida sería un infierno. Pero descendió a él en el momento en que sus suegros arrojaron a su hija de un año y medio por una ventana. No la mataron y ese acto cobarde, que buscaba destrozarla a ella, provocó una reacción aún minoritaria pero cada vez más común en el sur de la India: huyó de la casa de los padres de su marido, a la que casi todas se trasladan al casarse. Doreen la encontró y ahora los agresores tendrán que declarar en un juicio por violencia doméstica gracias a una ley específica para estos casos del año 2005. La niña víctima de aquellas terribles vivencias espera fuera a su madre con otra mujer. Se ha quedado dormida en su regazo. Pequeños gestos, grandes cambios.

ES IMPRESIONANTE OBSERVAR CÓMO hasta lugares remotos como este, donde no hay agua corriente o electricidad, ha llegado y se propaga un discurso de dignidad y cambio para las mujeres gracias al trabajo de la Fundación Vicente Ferrer. Especialmente en un país que se está quedando sin niñas por culpa de los abortos selectivos. Una ley del año 1994 impide a las parejas saber el sexo del bebé durante el embarazo, pero algunos sobornan al ginecólogo para tomar una decisión. El último censo de 2011 dice que hay 7 millones menos de niñas que de niños, entre 0 y 7 años. Aún hoy, muchos maridos y suegras advierten antes del parto a la mujer que no vuelva a casa si tiene una niña. La India se queda sin mujeres. No extraña, por tanto, que la única obsesión de todas estas valientes sea la misma: sus hijas. Todas vinculan al pasado las vivencias en carne propia de dolor, humillación e insatisfacción. Es una posición vital que pretende dejar claro que no están dispuestas a que la historia se repita. Y se agarran al arma más poderosa que poseen: la educación. Saben que es la única salida de futuro y no se van a rendir. Es el último mensaje y el más repetido de un viaje que está terminando.

Antes de despegar desde el aeropuerto de Bangalore, nos esperan tres horas de coche y decenas de pitidos de claxon con los que, de manera obsesiva, se comunican los cientos de conductores en estas carreteras. El tráfico en el segundo país más poblado del mundo es infernal y en sus caminos los coches se miden con los animales, personas y cosas que aparecen y desaparecen según avanzamos. Subimos al coche, tras plegar la silla de Teresa en el maletero. Sheeba se despide en un catalán casi perfecto de una parte del grupo que ha viajado desde Barcelona. Con el resto habla en español. Son dos de los cinco idiomas que maneja con sorprendente soltura. Ronda los 30 años, es madre de dos hijos y una de las intérpretes de la Fundación. Sin embargo, ella luce con orgullo otro título: en su infancia fue una niña apadrinada por una familia de España. Pequeños gestos, grandes cambios.

El último dedicado a Teresa, que acepta con resignación una escena que ha vivido ya demasiadas veces. Al subir al avión le recuerdan que en caso de siniestro será la última en ser evacuada por no tener movilidad en las piernas. La misma mujer a la que la vida le arrebató al padre siendo solo una adolescente y a la que castigó con una enfermedad de origen desconocido a los 18 años que la dejó en silla de ruedas. La misma mujer que le ha regalado a la vida un hijo y a un país, el orgullo de tenerla como representante de lo mejor de nuestra historia reciente.

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