La muerte de Neil Armstrong, comandante de la misión Apolo 11 y el primer hombre que pisó la Luna, supone la desaparición del gran símbolo de una época irrepetible de la exploración espacial. Aunque los medios técnicos son ahora muy superiores a los de 1969, pensar en volver a la Luna a corto plazo es una quimera. Armstrong, sin éxito, decía que el «hogar del hombre no puede estar confinado indefinidamente en la Tierra».
En lugar de incentivar la exploración espacial, el paseo de Armstrong, fallecido el sábado a la edad de 82 años, tuvo como paradójico resultado un desinterés por los viajes tripulados. Fue el principio del fin de la carrera espacial, como la llamaban entonces. En los tres años posteriores a la epopeya del Apolo 11, cinco misiones del mismo programa de la NASA se posaron en la Luna y 10 astronautas tuvieron el privilegio de dejar para la posterioridad sus huellas en el regolito, pero desde entonces nadie ha vuelto. Incluso Armstrong, el mito estadounidense, declaraba el año pasado que le hubiera gustado repetir.
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