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Nuria siempre había tenido ganas de ir a otro país para ayudar y tras informarse sobre los campos de solidaridad de Setem, contactó con la entidad. «Cuando me explicaron sus proyectos no me convencieron, porque yo tenía en mente el típico voluntariado de ir a un lugar, realizar algún trabajo durante un tiempo y volver, pero ellos lo planteaban de forma diferente». Lo que le llamó la atención a Nuria fue el modus operandi de Setem: los voluntarios viajan en grupos a los destinos escogidos, conviven con familias y realizan labores varias, pero nada que deje demasiada huella en el lugar, porque los voluntarios acaban volviendo y a menudo los proyectos quedan truncados.
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«El objetivo de Setem era que nosotros viéramos las diferentes realidades, aprendiéramos de ellas y nos empapáramos para, a la vuelta, poder explicarlas a nuestro entorno y convertirnos poco a poco en activistas aquí». Porque según esta voluntaria, el verdadero trabajo para cambiar las cosas se debe hacer en nuestros propios países, causantes muchas veces de las desigualdades del llamado Tercer Mundo.
Como otras entidades, Setem también cuenta con una mayoría femenina entre sus voluntarios. «Es una mezcla entre biología y educación, creo. La mujer tradicionalmente ha tenido esta faceta de cuidar de niños y mayores y por lo tanto la educación influye, pero la sensibilidad está ahí antes que la cultura», sugiere Nuria.
Ya de vuelta a Barcelona, relata que en su experiencia como maestra de primaria se encuentra con situaciones que confirman sus sospechas. «Cuando en clase pido ayuda para explicar un problema a un niño que le cuesta, las niñas más pequeñas levantan la mano enseguida, es innato. En cambio, a ellos tienes que empujarles. Quizá ellos tengan la misma sensibilidad, pero no está tan desarrollada y les cuesta más. Tienes que motivarlos».