Los pequeños Miguel e Isaac, de 15 meses, comparten un bol azul de arroz con su hermano Aitor, de 2 años. Abraham, el mayor de la familia, de 12, ya ha comido. Fernanda Machado, a sus 30 años, es la madre de los cuatro, la cocinera de ese plato de arroz y la encargada de tirar adelante la familia con los 640 euros que reciben entre ella y su marido del RMI -«es el máximo», puntualiza la mujer-, y lo que sacan del cartón, actividad cada vez más perseguida y menos lucrativa, según denuncia el gremio.
En familia 8 Fernanda da de comer a sus mellizos, Miguel e Isaac, en los cochecitos, frente a la nave del 22 @ donde vive en un camión, ayer. FERRAN NADEU
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«Con Aitor me planté y me puse un DIU, pero algo falló, y me quedé embarazada de estos dos. Y una vez estaban aquí ¿qué iba a hacer?», explica Fernanda mientras da de comer a los tres pequeños sentada en una silla en la puerta de la nave de la calle de Bolívia, en el Poblenou, donde vive en un camión de seis metros y medio.
Los cuatro niños van al colegio. Los dos pequeños empiezan este curso en la guardería La Farinera, donde Aitor ya acudía el año pasado. El mayor cursará sexto de primaria justo al lado. «Si no teníamos bastante con lo que teníamos este año se añade el problema de las becas comedor. Nos han negado las de los tres pequeños por tener multas por pagar. No sé cómo lo vamos a hacer», explicar la madre. Las multas son de varios tipos, todas relacionadas con el trabajo de su marido: la recogida de cartón. O por la actividad en sí o por aparcar la furgoneta en doble fila para recoger el material. «Las multas son carísimas. De 1.500 euros o más. ¿Cómo las vamos a pagar si cobramos 640 euros entre los dos y tenemos cuatro hijos?», cuestiona la mujer.
Perenne provisionalidad
Fernanda y su familia viven en esta nave del 22 @ desde hace un lustro. Antes vivía en un lugar similar en Selva de Mar. «Vivo en un camión desde que me casé. Antes vivía en Barberà, en un piso, con mi familia. Pero nos casamos los dos muy jóvenes, yo con 17 y mi marido con 16, y lo que empezó como algo provisional se ha convertido en permanente», narra la madre, quien asegura que si le ofrecieran un piso social con un alquiler asumible -«100 o 200 euros»-, le gustaría cambiar de vida. «Me gustaría que mis hijos cuando fueran mayores vivieran en un piso, pero ya veremos. El trabajo está muy mal, y no solo para los gitanos», prosigue certera.
Con cuatro niños a su cargo, tres de ellos menores de tres años, no se plantea trabajar. «Antes trabajaba media jornada en un McDonald's», cuenta. Al margen del RMI y del cartón -cuyos beneficios van a días-, una asistenta social del ayuntamiento que les visita a menudo, según apunta la mujer, les da vales para la ropa. «Y con la comida, vamos haciendo. Procuro comprar cosas que pueda aprovechar. Y hacer pucheros», concluye.