El padre de Ramon Carles plantó a principios de los años 60 la primera mejillonera de la bahía del Fangar. La construyó con una barra de hierro y ramas de olivo. Carles sostiene que hace 40 años esa ruda estructura estaba a un metro y medio de profundidad. Hoy yace sobre la arena en una zona con apenas un palmo de agua. «Es un proceso natural: las corrientes marinas depositan bancos de arena en la playa y el viento la trae», explica este acuicultor de L'Aldea. «Además, tengo la impresión de que la bahía se cierra cada vez más deprisa», lamenta.
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Él confía en que el plan de protección del delta encuentre fórmulas para mitigar ese problema, y también mejore la calidad del agua dulce que desemboca en esa bahía y su hermana del sur, los Alfacs. «Desde hace unos 10 años no hay problema de cantidad de agua porque los arrozales permanecen en riego muchos meses como medida medioambiental, y tampoco es tan grave como antes la cantidad de pesticidas que contiene», afirma. Ahora el problema, sostiene, «es que el agua contiene demasiados nutrientes y proliferan las algas». Carles espera que se acelere la ejecución del proyecto que prevé «normalizar» la calidad de las aguas a través de un sistema de regeneración en lagunas y humedales.